La vida y la muerte están en el mismo carrete

La noticia de los buzos fallecidos en Maldivas deja una sensación difícil de explicar. Porque no se trataba de personas improvisando. Eran expertos. Personas entrenadas para leer el mar, calcular riesgos, mantener la calma bajo presión y confiar en años de experiencia. Y aun así, algo ocurrió.

Eso es quizás lo que más nos confronta: descubrir que incluso la experiencia tiene límites.

Vivimos aferrados a la idea del control. Organizamos horarios, aseguramos planes, acumulamos conocimientos, hacemos todo “correctamente” para sentir que tenemos la vida bajo dominio. Pero basta una noticia como esta para recordar algo incómodo y profundamente humano: la existencia es frágil.

No para vivir aterrados, sino despiertos.

Porque hay una ilusión silenciosa que nos acompaña: pensar que mientras más sabemos, más invencibles somos. Y sí, la preparación importa. La prudencia importa. La experiencia salva vidas. Pero ninguna de esas cosas elimina del todo el misterio que acompaña a estar vivos.

La vida es un hilo fino.

A veces olvidamos que cada día es, en cierto modo, un equilibrio invisible. Salimos de casa pensando que volveremos. Decimos “nos vemos mañana” como si el mañana estuviera firmado. Planeamos meses enteros sin considerar que todo puede cambiar en un instante.

Y no se trata de caer en paranoia ni de mirar el mundo con miedo. Se trata de reconocer que vivir siempre ha implicado riesgo.

Amar es un riesgo. Viajar es un riesgo. Confiar es un riesgo. Incluso quedarse quieto también lo es.

La muerte no aparece solamente cuando alguien fue irresponsable. A veces llega en medio de la experiencia, de la rutina, de lo aparentemente controlado. Y eso rompe nuestra lógica porque preferimos creer que todo desenlace depende únicamente de nuestras decisiones.

Pero no.

Hay una parte de la vida que jamás podremos dominar del todo.

Quizás por eso estas tragedias nos conmueven tanto. Porque nos recuerdan algo que intentamos olvidar para poder funcionar: somos vulnerables. Y aunque la tecnología avance, aunque sepamos más, aunque creemos sistemas de seguridad cada vez más sofisticados, seguimos siendo humanos suspendidos sobre un hilo delicado.

La vida y la muerte están en el mismo carrete.

Van juntas desde el primer día, aunque pasemos años fingiendo que no lo sabemos.

Y tal vez esta conciencia no debería volvernos más ansiosos, sino más presentes. Más capaces de valorar conversaciones simples, abrazos rápidos, silencios compartidos, amaneceres cotidianos y personas que damos por seguras.

Porque al final, la verdadera tragedia no es solo morir. A veces también es vivir distraídos, convencidos de que siempre habrá tiempo después.

Y quizá no.

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