¿Por qué los jóvenes están perdiendo el sentido de vivir?
Reflexiones a propósito de una conversación entre el Dr. Manuel Sans Segarra y el cardenal Juan José Omella.
La inspiración para este artículo surge de la interesante conversación entre el Dr. Manuel Sans Segarra y el cardenal Juan José Omella, disponible en YouTube:
https://youtu.be/KtO0MJH2JHA
En una época llena de avances tecnológicos, acceso inmediato a la información y oportunidades sin precedentes, resulta paradójico que cada vez más jóvenes manifiesten sentimientos de vacío, ansiedad, soledad y falta de propósito. ¿Qué está ocurriendo?
La conversación entre Sans Segarra y Omella aborda una de las cuestiones más profundas de nuestro tiempo: la pérdida del sentido de vivir. Ambos coinciden en que, más allá de las circunstancias económicas o sociales, existe una crisis existencial que afecta especialmente a las nuevas generaciones.
Durante décadas, la sociedad ha promovido el éxito, el reconocimiento, la productividad y el bienestar material como metas supremas. Sin embargo, cuando estos logros se convierten en el único horizonte, muchas personas descubren que algo sigue faltando. El bienestar material mejora la calidad de vida, pero no responde a las preguntas fundamentales que acompañan al ser humano desde siempre: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿qué sentido tiene mi existencia?
Las redes sociales han amplificado esta realidad. Los jóvenes se encuentran expuestos constantemente a modelos de éxito aparentemente perfectos. Comparan sus vidas reales con versiones cuidadosamente editadas de la vida de otros. Esta dinámica puede generar frustración, inseguridad y una sensación permanente de no ser suficientes.
A ello se suma una creciente dificultad para construir vínculos profundos. Paradójicamente, nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca habíamos experimentado niveles tan elevados de soledad emocional. La amistad auténtica, el diálogo familiar y la pertenencia a una comunidad siguen siendo necesidades humanas fundamentales que ninguna tecnología puede sustituir.
El Dr. Sans plantea que el ser humano posee una dimensión que trasciende lo material y que ignorarla conduce inevitablemente a una sensación de vacío interior. El cardenal Omella, por su parte, recuerda que toda persona tiene una dignidad intrínseca y una vocación única, independientemente de sus logros, posesiones o reconocimiento social.
Quizás el problema no sea que los jóvenes hayan perdido las ganas de vivir, sino que muchas veces no encuentran razones suficientemente profundas para hacerlo. Se les ofrecen innumerables opciones, pero pocas respuestas; múltiples caminos, pero escasa orientación sobre el propósito último de la existencia.
La experiencia humana demuestra que el sufrimiento, las dificultades y las incertidumbres pueden ser afrontados cuando existe un sentido que los ilumine. El amor, el servicio a los demás, la búsqueda de la verdad, la fe, la familia, la amistad y el compromiso con una causa que trascienda el interés personal continúan siendo fuentes profundas de significado.
Tal vez el gran desafío de nuestra época sea acompañar a los jóvenes en el descubrimiento de ese propósito. No se trata de proporcionar respuestas prefabricadas, sino de ayudarles a formular las preguntas esenciales y encontrar su propio camino hacia una vida con significado.
Porque cuando una persona descubre que su vida tiene valor, que su presencia importa y que puede contribuir al bien de otros, renace la esperanza. Y donde hay esperanza, vuelve a florecer el sentido de vivir.

