República Dominicana atraviesa un momento de tensión social evidente. El malestar ciudadano no ha surgido de la nada: responde a un cúmulo de causas que se han venido acumulando y que hoy encuentran expresión en las calles.
Las razones del descontento
El desgaste no es caprichoso. Entre los detonantes más señalados están:
• Un gasto público que no logra controlarse ni justificarse ante la ciudadanía.
• Precios de los combustibles que se mantienen elevados pese a la caída internacional del barril de petróleo, producto de topes fijados que no reflejan esa baja.
• Modificaciones al Código Penal que generan preocupación por su posible impacto sobre derechos fundamentales.
• Una justicia con casos emblemáticos sin resolver, que alimenta la sensación de impunidad.
• Una gestión gubernamental percibida como ineficaz frente a los problemas del día a día.
• Una carga impositiva creciente que golpea al bolsillo del ciudadano común.
• Señalamientos de corrupción que no encuentran respuesta ni sanción.
Frente a este panorama, la protesta social —incluso la promovida por grupos que hasta hace poco eran minoritarios o aislados— tiene una justificación real. No se trata de deslegitimar el reclamo: el reclamo es válido y necesario en una democracia.
El verdadero temor: no el reclamo, sino su desvío
El punto neurálgico no está en que la gente proteste. Está en lo que puede ocurrir después.
Cuando el malestar social crece sin que existan liderazgos institucionales capaces de canalizarlo, es común que emerjan figuras que capitalizan esa indignación. Algunos dirigentes sociales han ganado, en poco tiempo, una vigencia y una exposición que antes no tenían. Y aquí aparece el riesgo: la sociedad, hambrienta de referentes distintos a una clase política desgastada, comienza a venerar a estas figuras casi sin someterlas al mismo escrutinio que exige de cualquier otro actor con poder o influencia.
Ese es el temor de fondo: que la legítima indignación ante un Congreso deslegitimado y una clase política que no da respuestas, termine convirtiéndose en un cheque en blanco para nuevas personalidades —esta vez del ámbito social— sin que medie el mismo análisis crítico que hoy se aplica, con toda razón, a los gobernantes de turno.
Endiosar no es lo mismo que apoyar. Seguir no es lo mismo que fiscalizar. La historia —también la dominicana— tiene ejemplos de cómo el descontento genuino puede ser capitalizado por liderazgos que, lejos de resolver los problemas estructurales, terminan reproduciendo los mismos vicios que se pretendía combatir.
Un llamado al equilibrio
Ni el silencio cómplice ante la mala gestión, ni la entrega ciega a nuevos liderazgos sin control ni crítica. Ese es el balance que esta coyuntura exige.
Es momento de exigir con firmeza soluciones a los problemas reales del país, y al mismo tiempo, de mantener el mismo rigor crítico frente a cualquier figura —venga de donde venga— que pretenda erigirse como salvadora. La indignación es legítima. La lucidez para no depositar en nadie una confianza absoluta y sin control, también debería serlo.
El desafío no es dejar de protestar. Es protestar sin apagar el pensamiento crítico.

