Dos amigas decidieron ponerse “en su mejor versión”.
Una juró que no descansaría hasta tener los músculos de un gladiador romano. La otra prometió no parar hasta que el viento tuviera que pedirle permiso para no llevársela.
Pasaron los meses.
La primera llegó a casa orgullosa después del gimnasio.
—Amor, ¿cómo me veo?
El marido la abrazó con esfuerzo y respondió:
—Espectacular… pero cuando te abrazo siento que estoy felicitando al campeón nacional de levantamiento de pesas.
Ella sonrió satisfecha y corrió a hacerse otra serie de bíceps.
Al día siguiente llegó la segunda.
—¿Y yo? ¿Cómo me veo?
El esposo la abrazó con muchísimo cuidado, como quien dobla un paraguas sin romper las varillas.
—Mi amor, te quiero igual… pero cuando te abrazo siento que estoy plegando el contorno de un perchero. ¡Esto ya no es un abrazo, es origami!
Las dos se miraron de reojo.
Una no podía levantar los brazos para peinarse de tanto músculo.
La otra necesitaba dos piedras en los bolsillos para que no la moviera la brisa.
Y, sin embargo, ambas seguían convencidas de que aún les faltaba “un poquito más”.
Fue entonces cuando una anciana que las observaba desde un banco les dijo:
—Qué curioso. Una pasó toda la vida tratando de convertirse en roca. La otra, en sombra. Y ninguna recordó que la belleza nunca ha vivido en los extremos.
Moraleja: Cuando la belleza se vuelve obsesión, dejamos de cuidar el cuerpo y empezamos a deformar el juicio.
