Un poema en honor a San Francisco de Asís Nació dos veces este hombre de Asís: una vez al mundo, hijo de mercader, vestido de seda y de futuro asegurado; otra vez al barro, descalzo, sin nombre, cuando besó la lepra y no sintió asco, cuando abrazó al leproso y se abrazó a sí mismo.

Le habló una cruz en San Damián y desde entonces ya no fue el mismo: dejó las telas finas por un saco de cuerda, dejó la casa del padre por la casa del cielo, dejó la riqueza por una pobreza que no era carencia, sino libertad pura.
Llamó hermano al sol que despierta, hermana a la luna que vela, hermano al lobo que otros temían, hermana a la muerte que otros negaban. No hubo criatura que no fuera familia, no hubo dolor que no fuera maestro.
Predicó sin muchas palabras: su vida entera fue el sermón, su pobreza, su alegría, su silencio ante el sufrimiento. En el Monte Alverna recibió las llagas, el cuerpo escribiendo lo que el alma ya sabía.
Francisco, pequeño grande, loco de Dios, payaso del Altísimo, que cambió palacios por establos, y encontró en la nada todo lo que importa: enséñanos a nacer, como tú, una segunda vez, con los pies descalzos sobre el barro que nos sostiene.
