El arte de no hacer nada

Había una vez un hombre que corría. No corría con las piernas, corría con la mente: de la primera alarma hasta la última luz apagada, un día tras otro, sin pausas, sin domingos, sin verdaderos silencios.

Un día, exhausto, se sentó en un banco del parque solo porque las piernas ya no le respondían. Iba a sacar el teléfono, revisar correos, adelantar algo —siempre había algo—, pero entonces vio a un anciano frente a él, quieto, mirando los árboles. No leía. No hablaba. No hacía nada.

—¿No se aburre? —le preguntó, casi con lástima.

El anciano sonrió despacio.

—Estoy ocupado —dijo—. Estoy descansando.

El hombre no entendió. Para él, descansar era una pérdida de tiempo, un lujo que no se había ganado. El anciano, como si le leyera el pensamiento, continuó:

—Mira ese árbol. ¿Sabes por qué da frutos cada año?

—¿Porque crece?

—Porque también duerme. En invierno se detiene. No da hojas, no da flores, no produce nada visible. Y si lo cortaras en ese momento, dirías que está muerto. Pero justo ahí, en esa quietud, están preparándose las flores de la próxima primavera.

El hombre se quedó callado. Pensó en todos los inviernos que se había negado a sí mismo. En todas las pausas que había llamado pereza. En cuánto se parecía él a un árbol que nunca dejó de dar hojas, hasta que las raíces, agotadas, empezaron a secarse por dentro.

—¿Y si me detengo… y no vuelvo a florecer? —preguntó, con miedo real en la voz.

—Eso solo le pasa al árbol que se detiene por miedo. El que se detiene por sabiduría, siempre vuelve. Con más fuerza, con más color, con raíces más hondas.

Esa noche, el hombre no revisó el correo. Se sentó, simplemente, a mirar cómo caía la luz. No fue fácil: su mente seguía corriendo, buscando algo que hacer. Pero se quedó ahí, incómodo, aprendiendo —como quien aprende un idioma nuevo— el arte olvidado de no hacer nada.

Con el tiempo entendió que parar no era abandonar el camino, sino el modo en que el camino se renueva. Que reiniciar no es debilidad, sino la manera en que la vida se reencuentra consigo misma. Y que, como el árbol, para volver a florecer, primero hay que atreverse a quedarse en silencio.

Hoy me permito no hacer nada

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