Una belleza que el tiempo no desgastó

Un homenaje al amor

Hay tres fotografías que, puestas una junto a otra, resumen una vida entera. En la primera, dos jóvenes bailan en medio de una fiesta llena de gente, ella con una corona pequeña sobre el cabello y un vestido de fiesta amplio, él mirándola con una atención que ya no es casual. No se conocen todavía del todo, pero algo en la manera en que ella lo mira de reojo, con esa media sonrisa, deja ver que ya ha empezado algo. En la segunda, son novios: ella de blanco, con el velo y el ramo, él de traje oscuro y camisa de gala, alzando juntos una copa. En la tercera, son dos personas mayores, frente a un árbol de Navidad, abrazados con la misma naturalidad de quien ha compartido más de medio siglo de días comunes. Entre la primera fotografía y la última no hubo solamente el paso del tiempo: hubo sesenta y ocho años de decisiones, de renuncias, de fidelidades pequeñas y silenciosas, sostenidas contra todo lo que la vida —que nunca es solo fiesta ni solo boda— fue poniendo en el camino.

Y ahí está la pregunta de fondo: ¿qué es lo que sostiene esas tres etapas a lo largo de tantos años, y las convierte en una sola historia, y no en tres momentos sueltos?

La respuesta fácil sería decir que el deber. Que dos personas se casan, hacen una promesa, y después la cumplen, cueste lo que cueste, porque así se debe. Es la visión que heredamos, sin saberlo del todo, de Kant: el amor no es un sentimiento en el que se pueda confiar, porque los sentimientos cambian, sino un mandato de la razón. Uno no ama porque el otro sea hermoso o porque la vida junto a él sea bella; uno actúa bien porque es su deber actuar bien, independientemente de lo que sienta. Llevado al matrimonio, esto convierte la promesa en una especie de contrato: dos partes que en un momento se quisieron y que después sostienen ese acuerdo por pura obligación moral, incluso cuando el afecto se ha apagado.

Pero quien haya mirado de verdad esas tres fotografías sabe que ahí falta algo. Falta explicar por qué, después de tantos años, esos dos siguen abrazándose con esa misma naturalidad, y no con el gesto cansado de quien simplemente cumple. Porque el deber solo, sin nada que lo sostenga por dentro, termina vaciando de sentido la vida en común. Se puede tratar bien al otro por obligación durante un tiempo, pero mantener esa buena conducta en los momentos difíciles —que en sesenta y ocho años de matrimonio seguramente no faltaron— es casi insoportable si no se recuerda antes la belleza de lo que se ha construido juntos. Cuando el bien se hace pero ya no se ve la hermosura que hay detrás, la vida de pareja se convierte en moralismo: una sucesión de actos correctos, vacíos de alma.

La tradición cristiana, a diferencia de Kant, ha insistido en algo distinto: que la belleza procede del bien, y que es la belleza que nace del amor la que mueve a hacer el bien, no al revés. No se ama por deber; se actúa bien porque primero se ama, y ese amor deja ver algo hermoso en el otro y en lo que juntos han hecho. El deber existe, y es real, pero no es el motor: es una consecuencia. Lo que mueve de verdad una vida entera —la de la joven coronada que baila con desconfianza dulce, la de la novia que brinda con su vestido blanco, la de la mujer que apoya la cabeza en el hombro de su marido frente al árbol de Navidad— no es el cumplimiento de un contrato, sino el cuidado constante de esa belleza inicial, para que no se apague con los años.

Por eso estas tres fotografías no son tres momentos distintos, sino una sola frase dicha tres veces con distinta voz, a lo largo de sesenta y ocho años. La primera dice: aquí empieza algo hermoso. La segunda dice: elegimos cuidar esa belleza para siempre. La tercera dice: lo logramos, a pesar de todo, y sigue siendo hermoso. Ese es el verdadero homenaje que merecen: no haber cumplido un contrato durante seis décadas y media, sino haber sostenido, embate tras embate, una belleza que el tiempo, en vez de desgastar, terminó de pulir.

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