Cuentas claras país torcido

Un cuento con sentido de queja

El Contador que Ya No Daba Más

Wendy Altagracia Fermín era contadora. No de las que inflan números para políticos ni de las que «resuelven» con doble factura. No. Wendy era de las que declaraba hasta el peso que se encontraba en la calle, por si acaso Hacienda tenía cámaras escondidas en las aceras.

Tenía su oficinita en el segundo piso de un edificio sin ascensor, con un ventilador que sonaba a avión despegando y un cartelito en la pared que decía: 

«Aquí se factura con conciencia, aunque el país no tenga ninguna.»

Wendy se levantaba a las 5:30 de la mañana, no por disciplina zen ni por rutina de gurú de LinkedIn, sino porque a esa hora era la única en que el café no le costaba el doble por «inflación importada». Se bañaba rápido, se tomaba su café aguado —porque el bueno ya no le rendía en el presupuesto— y se iba a pelear otra jornada contra el Excel, la ansiedad y el gobierno.

Un lunes cualquiera llegó a la oficina Máximo Batista, su cliente de siempre, dueño de un colmado que sobrevivía a punta de fiado y fe.

—Wendy, ¿cómo tú ves esto? Me subieron la luz otra vez, el ITBIS me está comiendo vivo, y ahora resulta que hay que pagar una tasa nueva «por modernización municipal». ¿Modernización de qué, si la calle de mi colmado tiene el mismo hueco desde que yo tenía pelo?

Wendy soltó el bolígrafo, se sobó las sienes y respondió con esa calma que solo tienen los que ya lloraron todas las lágrimas posibles frente a una declaración jurada.

—Máximo, yo te entiendo mejor de lo que tú piensas. Yo pago mis impuestos religiosamente, como quien va a misa sin faltar un domingo, y mientras tanto veo cómo el dinero se esfuma más rápido que promesa de político en campaña. Yo no gano lo que gana un evasor con carro del año, pero sí cargo con la culpa de todos los que no pagan.

—¿Y no te da rabia, Wendy?

—Rabia no, Máximo… coraje. Rabia es cuando uno grita y no dice nada. Coraje es cuando uno alza la voz, pero con argumentos, con números, con la verdad en la mano. Porque aquí lo único que no ha subido de precio es la vergüenza de algunos.

Justo en ese momento, como caído del cielo —o más bien escupido por el infierno fiscal— entró a la oficina Rufino «El Fino» Contreras, primo lejano de Wendy y «empresario» de esos que nunca se sabe bien de qué. Rufino manejaba una camioneta último modelo, usaba reloj de esos que valen más que el edificio entero de Wendy, y sin embargo, en sus documentos, figuraba como «vendedor ambulante de bisutería» con ingresos de ocho mil pesos al mes.

—¡Prima! —exclamó Rufino, abriendo los brazos como si viniera a repartir bendiciones—. Necesito que me ayudes con una cosita rapidita.

—Rufino, la última «cosita rapidita» tuya casi me manda presa a mí también.

—No, no, esta vez es sencillo. Necesito que me hagas ver que el negocio perdió dinero este año.

—¿Perdió dinero? ¡Si te acabas de comprar una camioneta que cuesta lo que yo gano en diez años trabajando derecho!

—Ay prima, eso es «gasto de representación». Yo tengo que representar bien al negocio, ¿tú me entiendes?

Máximo, que seguía sentado esperando su turno, no pudo evitar meter la cuchara.

—Oiga, don Rufino, ¿y esa «representación» incluye representar también en el aeropuerto, cuando uno lo ve subiendo a un vuelo a Miami cada dos meses con maletas nuevas?

Rufino lo miró con una sonrisa que era mitad pena ajena, mitad cinismo puro.

—Eso es networking, mi hermano. Uno tiene que globalizarse.

Wendy suspiró tan hondo que hasta el ventilador pareció detenerse un segundo por solidaridad.

—Rufino, aquí no se factura mentira. Vete donde el que tú sabes, ese que te resuelve todo por debajo de la mesa, porque yo lo que resuelvo es la conciencia, no el bolsillo ajeno.

—Ay prima, tú siempre tan… legal.

—Y tú siempre tan «gasto de representación» —remató Wendy, señalando la puerta.

Rufino se fue refunfuñando, no sin antes prometer que «un día de estos» ella iba a entender cómo «se mueve de verdad el país». Wendy solo pensó: «Ojalá nunca lo entienda, porque el día que lo entienda dejo de ser yo.»

Esa tarde, mientras cuadraba una nómina, Wendy recibió una llamada de su prima Carolina, enfermera de un hospital público, que trabajaba doce horas seguidas por un sueldo que ni para el peaje de ida y vuelta alcanzaba con dignidad.

—Wendy, dime algo bueno, que hoy tuve que atender a quince pacientes con dos guantes y media caja de gasas.

—Lo bueno, prima, es que todavía estamos de pie. Lo malo es que estamos de pie porque no nos queda de otra, no porque el sistema nos sostenga.

—¿Y sabes qué es lo peor? —añadió Carolina—. Que el mismo hospital que no tiene gasas, tiene un salón de conferencias con aire acondicionado nuevecito, para cuando vienen a «inaugurar» cosas que después nunca funcionan.

—Ay prima, aquí lo único que siempre se inaugura a tiempo es la próxima excusa.

Carolina se rió, de esa risa que es mitad humor, mitad desahogo.

—Tú deberías dar charlas motivacionales, Wendy.

—No, prima, yo lo que debería es una explicación de dónde se fue mi dinero del ITBIS, porque hospital bueno no vi, carretera lisa no vi, y educación de calidad tampoco. Lo único que sí vi fue una rotonda nueva que nadie pidió, con una fuente que ni le echan agua.

Esa noche, Wendy cerró el local, apagó el ventilador ruidoso y se quedó mirando el letrero de la pared: «Aquí se factura con conciencia, aunque el país no tenga ninguna.»

Sonrió, no de alegría, sino de esa resignación digna que solo tienen los que siguen luchando aunque el terreno esté torcido.

—Mañana sigo —se dijo—, no porque tenga esperanza ciega, sino porque parar sería regalarles la única ventaja que todavía no me han quitado: la de seguir haciendo las cosas bien, aunque a mi alrededor las hagan mal.

· · ·

Pasaron seis meses. Wendy seguía en su oficina, con el mismo ventilador ruidoso y la misma conciencia intacta, cuando encendió la televisión para ver las noticias del mediodía mientras almorzaba un mangú con los huevos que ya no alcanzaban ni para dos por persona.

Y ahí estaba. En primera plana, con corbata nueva, sonrisa de anuncio de pasta dental y un micrófono en la cara: Rufino «El Fino» Contreras, nombrado Director de Transparencia y Fiscalización de no-sé-qué-institución.

Wendy casi se ahoga con el mangú.

—¿Transparencia? ¿RUFINO? —gritó, mirando al techo como buscando explicación divina—. ¡Si ese hombre no ha sido transparente ni con su propio dentista!

En la pantalla, Rufino hablaba con voz solemne:

—Vengo a este cargo con humildad, con vocación de servicio, y sobre todo, con el compromiso de combatir la evasión fiscal que tanto daño le hace al país.

Máximo, que había llegado justo a tiempo para ver la escena, se quedó con la boca abierta, sosteniendo todavía la funda de plátanos que traía de regalo.

—Wendy… ¿ese no es el mismo que hace seis meses te pidió que le inventaras pérdidas para no pagar impuestos?

—El mismo que viste y calza, Máximo. Con la misma camioneta, el mismo reloj, y ahora, para colmo, con las llaves de la casa que se supone debe cuidar.

—¿Y cómo tú te sientes?

Wendy respiró hondo, dejó el tenedor sobre el plato, y con esa mezcla de humor negro y filosofía de barrio que solo da la resistencia diaria, dijo:

—Máximo, yo ya dejé de sorprenderme. Aquí uno paga sus impuestos religiosamente para que después el que nunca pagó nada termine dándote clases de civismo por televisión. Es como si al ladrón de gallinas lo pusieran a dirigir el gallinero.

—¿Y qué vas a hacer?

—Lo mismo de siempre: seguir facturando con conciencia, aunque el país insista en llevar la contabilidad al revés. Porque si algo aprendí en esta profesión es que los números no mienten, aunque los que los manejan sí. Y tarde o temprano, hasta la cuenta más maquillada… cuadra.

Máximo soltó una carcajada que sonó a consuelo compartido.

—Eso sí, Wendy, cuando a Rufino le hagan la próxima auditoría, avísame, que yo quiero primera fila con palomitas incluidas .

—Ay, Máximo, si de eso se encargan otros… Yo lo que tengo claro es que mientras el país siga premiando al vivo y castigando al honesto, aquí seguiremos los mismos de siempre: pagando, aguantando, y alzando la voz con respeto, pero sin bajar la cabeza.

Y así, entre facturas, cafés aguados, primos convertidos en funcionarios y clientes que ya ni se sorprenden, Wendy Altagracia Fermín siguió siendo lo que siempre fue: una contadora honesta en un país que a veces parece llevar la contabilidad al revés… donde el único «gasto de representación» real es la paciencia que se gasta cada día, y donde el zorro, tarde o temprano, siempre termina cuidando el gallinero.

FIN

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