Hay un dicho popular que resume bien el clima de estos días: estar “como la arepa, con fuego por arriba y fuego por abajo”. Así se respira el ambiente social actual: una sociedad en ebullición, donde no se dialoga sino que se somete. Mientras unos siguen disfrutando de excesos y privilegios, otros cargan con más peso y con la amenaza constante de ser silenciados para no poder expresarse.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿esto es, de verdad, una democracia?
Para pensarlo con perspectiva, vale la pena mirar atrás, muy atrás, hasta la cuna misma de la democracia: la Atenas del siglo de Pericles.
El siglo de oro y su gran excepción
La edad dorada de la democracia ateniense lleva el nombre de un solo hombre: Pericles, un político excepcional capaz de sortear las situaciones más difíciles de su tiempo. Pero incluso él, en ciertas ocasiones, tuvo que apelar a la vena más pasional de los ciudadanos para lograr sus fines.
Los propios autores griegos no se andaban con rodeos al describir esto. Plutarco hablaba de un “eros” del pueblo —la misma raíz de la que viene la palabra “erotismo”—, una especie de deseo colectivo que, cuando alguien sabía manipularlo, hacía que los ciudadanos se comportaran de manera desatada.
Cleón, el demagogo de manual
El ejemplo más citado de esa manipulación es Cleón, acusado por sus contemporáneos de aprovecharse sistemáticamente de la cólera y la ira del pueblo. Su método era simple y efectivo: calentaba a la gente, la empujaba hacia la indignación, y en ese estado de exaltación conseguía un apoyo incondicional.
Esa combinación de ignorancia, pasiones populares, adulación y promesas fáciles —la demagogia en su forma más pura— terminó generando un problema estructural: los ciudadanos, una vez acostumbrados a recibir, empezaron a querer siempre más. Ya no bastaba con tener derechos protegidos ni con participar en un sistema de libertades; ahora esperaban que los políticos les dieran cosas. Y muchos políticos, convenientemente, estaban dispuestos a hacerlo.
Pericles fue la excepción que confirma la regla. Mientras él intentaba gobernar con sensatez y buscando el bien común, buena parte del pueblo prefería sentirse halagado, recibir promesas y entregar su voto a quienes solo perseguían el poder. Y una vez alcanzado ese poder, los recursos para conservarlo iban, en muchos casos, mucho más allá de la simple adulación.
Aristófanes: el bribón como político ideal
Pocos autores retrataron esto con tanta crudeza como Aristófanes. En su comedia Los Caballeros, señala con notable cinismo que quienes terminan guiando al pueblo no son personas decentes, morales o instruidas, sino bribones. Y no por casualidad: según él, tienen que serlo, porque el bribón —carente de escrúpulos y experto en explotar la ignorancia de las masas— es, precisamente, el político ideal.
Aristófanes llega incluso a preguntarse si tiene sentido que un pueblo ignorante decida sobre asuntos de enorme relevancia, para los cuales no está preparado. Y remata con una imagen que sigue vigente veinticinco siglos después:
“¡Oh pueblo, qué bello es tu gobierno! Todos te temen como a un tirano, sin embargo no resulta difícil llevarte adonde quieren; te gusta que te adulen y te engañan. Siempre estás escuchando a los charlatanes, con la boca abierta, mientras tu espíritu viaja lejos sin haber salido siquiera de casa.”
Eurípides y la advertencia final
En Las suplicantes, Eurípides —desde un contexto muy distinto al nuestro— apunta a la ignorancia del pueblo como la razón fundamental por la que la democracia puede fracasar. No es un desprecio elitista gratuito: es una advertencia sobre lo que ocurre cuando una sociedad se deja gobernar por el impulso antes que por el criterio.
El eco de hoy
Veinticinco siglos después, la escena resulta incómodamente reconocible: la adulación fácil, las promesas que no se sostienen, el pueblo que se deja llevar por quien mejor sabe encender su indignación, mientras las voces que cuestionan corren el riesgo de ser calladas.
Quizás la pregunta no sea tanto si vivimos en una democracia formal —con instituciones, votos y discursos— sino si vivimos en una democracia real, esa que exige ciudadanos despiertos, capaces de resistir la adulación y de exigir sensatez a quienes gobiernan. Atenas ya lo vivió. La pregunta es si aprendimos algo de esa historia.
La arepa entre dos fuegos: lo que Atenas ya sabía sobre la democracia
