
A los 89, Doña Carmen no le teme ni a la tecnología, ni a los números de serie, ni a ChatGPT. 😂📱 Solo quiere una cosa: salvar su estufa y demostrar que todavía puede con el siglo XXI. ❤️🔥
Doña Carmen tenía 89 años y una convicción inquebrantable: ella no le temía a nada, ni siquiera a internet.
Esa tarde, en el restaurante, con su collar de perlas y su tableta en mano, se había convertido en detective. La misión: encontrar la pieza exacta para resucitar su estufa, la misma que llevaba años cocinándole el arroz a toda la familia y que un apagón traicionero había dejado muda.
—Anota el número de serie —le decía su hija, señalando la pantalla.
—Ya, ya lo anoté —respondía Carmen, sin levantar la vista, con la concentración de quien desactiva una bomba.
Pero los números se multiplicaban como conejos. Dos aquí, tres allá, ninguno con la decencia de anunciarse como “número de serie”. Hasta ChatGPT, ese oráculo moderno que su hija consultaba con devoción, había sembrado la duda: la pieza universal quizás no era la pieza.
Carmen no se dejaba intimidar por la tecnología, pero sí por los precios. Treinta y nueve con cincuenta en eBay, decía ella, no cuatro mil pesos. Eso era un asalto a mano armada disfrazado de comercio electrónico.
—¿Y el envío gratis? —preguntó, esperanzada.
—Mami, ese envío gratis es solo si vives en Estados Unidos.
Carmen resopló. Ella no vivía en Estados Unidos, vivía en la realidad, donde todo pesaba “un cojón” y todo se cobraba. Aun así, estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de salvar su estufa. Total, ¿qué iba a hacer con “el mogote” que tenía ahora, quemado por culpa —según ella— del dedote de Ana Silvia, aunque su hija insistía en que probablemente fueron los cambios de voltaje.
Entre número y número, entre pieza y pieza, surgió el tema espinoso: el Papa había dicho algo sobre la inteligencia artificial en una encíclica, y Carmen no estaba muy segura de que ChatGPT le cayera bien al Vaticano.
—No, mami, no es que esté mal —le explicó su hija—. Es que hay que usarla con cuidado.
Carmen asintió, no muy convencida, pero siguió tecleando con su dedo índice, decidida a ganarle la partida a la estufa, al envío, a los números de serie y, de paso, al mismísimo siglo XXI.
Porque a los 89 años, doña Carmen ya había aprendido que la vida —como la tecnología— no venía con instrucciones claras. Pero ella, con sus perlas puestas y su tableta en la mano, no pensaba rendirse.
