La entrega voluntaria: por qué la muerte de Jesús no fue un decreto divino ni un simple accidente histórico

El problema de fondo

Cuando los evangelios ponen en boca de Jesús que «el Mesías tiene que padecer mucho» (Mc 8,31), surge una pregunta incómoda: ¿quién impone esa necesidad? Si la respuesta es «Dios lo decretó así», entonces terminamos con la imagen de un Padre que necesita el sufrimiento y la muerte de su Hijo para algo —expiación, sacrificio, satisfacción—, y esa imagen, llevada a sus últimas consecuencias, convierte a Dios en un ser que exige sangre. Ante eso, la reacción de rechazar semejante teología es comprensible y, en buena medida, necesaria.

Pero hay una salida a este dilema que no exige elegir entre «Dios verdugo» o «muerte como puro accidente político»: es distinguir entre querer el sufrimiento como fin y no renunciar al amor aunque cueste la vida.

Dos frases que no son lo mismo

  • «Dios quiso que Jesús sufriera.»
  • «Jesús no estaba dispuesto a traicionar el amor ni siquiera para salvar su vida.»

La primera convierte el sufrimiento en un objetivo buscado por Dios. La segunda lo convierte en la consecuencia previsible de una fidelidad que no se negocia. Es la diferencia entre un padre que manda a su hijo al matadero y un hijo que, sabiendo que defender la verdad le costará caro, decide defenderla de todos modos. A ese segundo padre —el que no detiene a su hijo por la fuerza cuando este elige ser fiel a lo que cree— nadie lo acusaría de haber «decretado» la muerte del hijo.

Esta distinción no es un juego de palabras: cambia por completo qué tipo de Dios estamos describiendo.

Getsemaní como clave de lectura

El relato de Getsemaní (Mc 14,32-42) resuelve buena parte del problema, y resulta significativo que las lecturas que insisten en la responsabilidad exclusiva de las autoridades religiosas rara vez se detienen en él. Allí Jesús pide explícitamente que «pase de él esa copa»: no quiere sufrir, no busca la muerte, no hay resignación fatalista ni gusto por el dolor. Pero termina diciendo: «no se haga mi voluntad, sino la tuya».

¿Qué es «la voluntad del Padre» en ese momento? No es «quiero que mueras». Es algo más cercano a: «sigue siendo fiel a lo que has predicado y vivido, aunque te cueste la vida». La necesidad no nace de un decreto arbitrario, sino de la coherencia entre lo que Jesús anunció —el Reino, la misericordia por encima del sacrificio, la denuncia de los poderosos— y lo que ese anuncio provoca inevitablemente en un mundo que no está dispuesto a tolerarlo.

Por qué esto sigue siendo «entrega» y no solo «resultado»

Es cierto e históricamente innegable que fueron las autoridades religiosas y políticas quienes decidieron torturar y ejecutar a Jesús. Pero de ese hecho no se sigue que Jesús fuera una víctima puramente pasiva de una decisión ajena. Los evangelios narran a alguien que:

  • pudo huir y no huyó («nadie me quita la vida, yo la entrego», Jn 10,17-18);
  • pudo callar o negociar su defensa y no lo hizo (su silencio ante el Sanedrín, Mc 14,61);
  • pudo pedir un rescate sobrenatural y no lo pide (Mt 26,53).

Esto convierte la muerte en algo más que un asesinato meramente padecido: es un asesinato que Jesús permitió que sucediera antes que traicionar lo que había vivido y anunciado. Esa libertad activa, ejercida dentro de una pasividad histórica real —él no empuñó ningún arma, no organizó ninguna resistencia—, es precisamente lo que la tradición cristiana llama entrega.

La kénosis: no hay dos sujetos, hay uno

Si se sostiene, como hace la fe cristiana clásica, que en Jesús Dios mismo se ha hecho carne, entonces no hay «Dios arriba» decidiendo el destino de «Jesús abajo». Hay un único sujeto divino-humano que vive esa fidelidad hasta el final. Pablo lo expresa en Filipenses 2,6-8: Cristo «se despojó a sí mismo… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte». El sujeto de la entrega es él mismo, no un Padre que lo empuja desde fuera.

El teólogo Jürgen Moltmann llevó esta idea a su extremo más radical: en la cruz, el Padre también sufre el abandono del Hijo. No hay un Dios impasible que observa desde la distancia cómo otro Dios muere. Hay un solo drama de amor que atraviesa el rechazo humano sin quedar vencido por él.

Qué significa entonces «era necesario»

Con esta distinción, la expresión griega deî («es necesario», «tiene que») deja de significar que Dios necesitaba obtener algo —sangre, expiación, satisfacción— y pasa a significar una necesidad lógica: la de que un amor real, llevado hasta sus últimas consecuencias en un mundo violento, termine así. Es el mismo sentido en que decimos que «era necesario» que Sócrates muriera si no iba a traicionar la filosofía que había enseñado toda su vida, sin que eso implique que alguien decretara su muerte.

Conclusión

La cruz no requiere elegir entre dos relatos enfrentados: el histórico (las autoridades religiosas y políticas mataron a Jesús) y el teológico (Dios se entrega por amor). Ambos son verdaderos a la vez, porque hablan de niveles distintos. En el nivel histórico, hubo un crimen cometido por hombres concretos con nombres y cargos. En el nivel teológico, hubo una fidelidad que no se dejó comprar ni intimidar, y que un Dios encarnado sostuvo hasta el final sin necesitar el sufrimiento, pero sin huir de él tampoco. Ver ambas cosas a la vez es lo que permite hablar, con sentido pleno, de una entrega voluntaria por amor.

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