Afuera, el Sáhara me manda su saludo anual: un cielo color café con leche que tiñe los carros, empaña el horizonte y me hace toser como si fumara al aire libre sin fumar nada. Es polvo con pasaporte, viajero internacional, que cruza un océano entero solo para posarse en mi balcón.
Adentro, otro polvo compite por el trono: el que levantan los operarios instalando los aires acondicionados, taladro en mano, como si excavaran un túnel al centro de la Tierra en vez de perforar una pared. Este polvo no necesita visa — nace aquí mismo, en mi sala, y se instala con más permanencia que el Sáhara.
Y yo, en medio, respirando ambos, limpiando superficies que se ensucian antes de que termine de limpiarlas, contando los días para el viaje de un mes que me espera a la vuelta de la esquina — mi única salida de escena en esta obra de teatro polvorienta con dos protagonistas y ningún héroe.
Al menos uno de los dos polvos se va con el viento. El otro se va conmigo, dentro, cuando lo respiro sin querer.
Un enemigo con varias direcciones
En mi habitación, donde antes solo había orden, ahora hay una fina capa gris sobre el buró, disfrazada de nostalgia — como si el tiempo mismo se acumulara ahí en lugar del polvo del taladro.
En mi baño, hasta el espejo participa del ritual: me devuelve una imagen borrosa, mitad por el vapor, mitad por la película que se posa incluso sobre el vidrio que se supone debería reflejarme a mí, no a la obra en construcción.
Y en mi estar familiar — el lugar donde se supone que la familia «está», que descansa, que respira tranquila — el polvo se sienta también, como un invitado que no trajo nada y no piensa irse. Ocupa el sofá, se acomoda en los cojines, se instala en cada conversación con esa tos que ya empieza a formar parte del vocabulario doméstico.
Tres cuartos, un solo enemigo. O dos, si contamos al Sáhara, que aunque no entra a la casa, igual reclama su cuota de pulmón.

