Cristo es Dios: la verdadera cuestión de fondo

Una cuestión dogmática, no solo moral

Lo que hoy se debate en la Iglesia no es, en el fondo, si debe cambiar su moral sexual para adaptarse a lo que el mundo exige. La verdadera cuestión es otra, mucho más profunda: la divinidad de Cristo.

Muchos católicos practicantes, por falta de formación, no advierten la consecuencia lógica de lo que se propone. Si Cristo se equivocó al llamar pecado al adulterio, entonces Cristo no es Dios, porque Dios no puede equivocarse. Y si San Pablo se equivocó al rechazar las relaciones homosexuales, sus enseñanzas no son Palabra de Dios.

Estamos, por tanto, ante una cuestión dogmática suscitada por una cuestión moral. Por eso conviene volver a la pregunta que sostiene todo el edificio de nuestra fe: ¿por qué decimos que Cristo es Dios? Estos son los principales argumentos.

1. La resurrección, prueba definitiva

La respuesta esencial es esta: decimos que Cristo es Dios porque resucitó. Sus milagros eran señales de que Dios respaldaba su mensaje, y en ese mensaje iba incluida, de forma implícita, su divinidad.

Pero la cruz pareció desmentirlo todo. Los apóstoles sufrieron una profunda crisis de fe: ¿cómo iba Dios a permitir que su Hijo fuera crucificado? Si los milagros significaban el apoyo de Dios, la cruz parecía significar lo contrario.

La resurrección resolvió esa crisis. Fue el gran milagro, la garantía definitiva de que Dios respaldaba a Cristo y su pretensión de ser el Hijo de Dios. Así lo entendió Santo Tomás cuando, ante el Resucitado que le invitaba a tocar sus llagas, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y así lo entendió San Pablo, que se convirtió al encontrarse con Él y escribió que, si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe (cf. 1 Co 15,17-19).

Pero Cristo ha resucitado. Por eso proclamamos su divinidad y, con ella, el origen divino de todo lo que enseñó.

2. La calidad de sus enseñanzas

El segundo argumento es la altura de lo que enseñó. Se ha dicho con razón: «católico ignorante, futuro protestante». La frase nació para describir el paso de católicos a las sectas, pero hoy describe también otro fenómeno.

Muchos practicantes se dejan arrastrar por una corriente que convive dentro de la propia Iglesia, la llamada «Iglesia popular» o «Iglesia de acogida». Para ella, las leyes morales sobre la sexualidad, la familia y la vida deben cambiar para adaptarse al mundo.

Eso choca no solo con dos mil años de enseñanza de la Iglesia, sino con las Escrituras mismas: los Evangelios y las cartas de San Pablo. Si Jesús se equivoca cuando llama pecado al adulterio, entonces no es Dios. Querer cambiar sus leyes morales equivale, en la práctica, a negar su divinidad.

3. La coherencia de su vida

Cristo no solo enseña cosas sublimes, como el amor al enemigo: las practica. Muere perdonando y se convierte en abogado defensor de sus propios verdugos. Enseña la pureza, incluso de pensamiento, y la vive.

Predica la compasión hacia el que sufre y la ejerce aunque le complique la vida, como cuando sana en sábado. Manda dar de comer al hambriento y lo hace al multiplicar los panes y los peces, y al hacerse Él mismo pan en la Eucaristía para saciar el hambre del alma.

Si hubiera predicado el perdón y practicado la venganza, o condenado el adulterio llevando una vida disoluta, podríamos afirmar que no era Dios. Pero en Él no hay mancha ni contradicción. Aunque no hubiera pronunciado las bienaventuranzas ni una sola parábola, su vida habría sido un Evangelio sin palabras.

Enseña lo que vive y vive lo que enseña. Por eso pudo ponerse como ejemplo sin faltar a la humildad, que, como decía Santa Teresa, es «andar en verdad». La noche en que iba a ser apresado pudo decir honestamente: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Y sus palabras no pasarán, aunque pasen el cielo y la tierra.

4. Los milagros como señal

Así como «mártir» significa «testigo», «milagro» significa «señal»: indica que Dios está detrás de quien lo realiza. Lo reconoció Nicodemo cuando visitó a Jesús de noche: «Sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él» (Jn 3,2).

Los milagros eran signos de que Dios respaldaba a Cristo, a su persona y a sus enseñanzas. Y esa persona se proclamaba Dios. Por eso los milagros garantizaban que Cristo no era ni un loco ni un embaucador.

5. La cruz: escándalo y testimonio

El momento más crítico para la pretensión de divinidad de Jesús fue su muerte en la cruz. Si era Dios, ¿podía morir a manos de sus enemigos? ¿No debía Dios intervenir, aunque fuera en el último instante? Y si no lo hacía, ¿no era señal de que no estaba con Él? Estas preguntas atormentaron a los apóstoles.

Sin embargo, esa forma de morir es también un testimonio a favor de su divinidad. Es la plenitud de su comportamiento ejemplar. Cuando alguien está agotado se revela su verdadero nivel de santidad, y Cristo había sido llevado al límite del sufrimiento humano.

Que en esas condiciones pidiera perdón por sus verdugos («Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», Lc 23,34) prueba su coherencia total. Y prueba que Dios lo sostenía incluso en el supremo abandono, aunque Él exclamara: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). El Padre y el Espíritu sostienen al Hijo sin que se rompa su unidad.

Podemos no entender por qué Dios podía morir crucificado. Pero solo Dios podía morir así, amando hasta ese extremo a sus enemigos. El Crucificado, que casi había perdido la apariencia humana, es más que nunca la demostración de que era Dios.

6. Señor de la vida y de la muerte

Entre sus milagros merece atención especial su poder sobre la muerte. Cada vez que devolvía la vida a alguien manifestaba su divinidad, porque solo Dios, Creador del universo, tiene poder sobre la muerte. Esas resurrecciones anticipaban la suya propia.

El caso más significativo es el de Lázaro, que llevaba cuatro días en el sepulcro; su hermana Marta advirtió que ya olía mal (Jn 11,39). Cristo, más poderoso que la muerte, no fue llevado a la suya contra su voluntad. Aceptó lo que el Padre había dispuesto para la redención del hombre.

Aceptó morir pudiendo evitarlo. Y al resucitar nos demostró, sin lugar a dudas, que es el Todopoderoso, que nos ha amado hasta el extremo y que hay vida eterna.

7. Su conciencia de ser Dios

Jesús no solo se muestra como Dios; se muestra plenamente consciente de serlo. Lo vemos con el paralítico, a quien dice: «Tus pecados te son perdonados». Sus adversarios se escandalizan, con razón, porque solo Dios puede perdonar pecados.

El Señor no lo niega: confirma su autoridad curando a continuación al paralítico (cf. Mt 9,1-8). Cristo es Dios y lo sabe; es Dios y actúa como Dios. Perdona pecados y hace milagros, y ambas cosas son signos de su divinidad y de su infinita misericordia: el milagro sana el cuerpo y el perdón sana el alma.

8. El motivo de su condena

Sus enemigos buscaron durante toda su vida pública un motivo para condenarle. Lo encontraron en el juicio ante Caifás, cuando le preguntaron abiertamente si era el Hijo de Dios. Jesús respondió: «Tú lo has dicho», y añadió que le verían sentado a la derecha del Poder (Mt 26,63-64).

Los sacerdotes entendieron que aquello era una confesión de divinidad, le acusaron de blasfemia y decidieron su muerte. Jesús podía haberse salvado presentándose solo como un profeta, pero no lo hizo. Nadie arriesga la vida y acepta la tortura por algo que sabe que es mentira.

Jesucristo muere porque se presenta como Dios. Por eso negar su divinidad es rechazar lo esencial de su mensaje. Y se niega cada vez que se dice que su enseñanza está anticuada, que ignoraba supuestos avances científicos o que hay que descartar parte de su doctrina para modernizarla.

Conclusión: sus palabras no pasarán

Resurrección, enseñanzas, coherencia de vida, milagros, la forma de morir, el poder sobre la muerte, la conciencia de su divinidad y el motivo de su condena: todo apunta en la misma dirección. Cristo es Dios.

Cuando alguien diga que la Iglesia debe cambiar su moral para ser más permisiva, conviene ofrecerle este razonamiento. Si Cristo está equivocado, no es Dios; y si no es Dios, ¿qué sentido tiene la Iglesia?

Nosotros, como los mártires de los primeros siglos, seguimos confesando que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por eso sus palabras no están sujetas a modas: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35).

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