Un camino ya recorrido
Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos, y el Evangelio que escuchamos es el de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). No es casualidad. Las Bienaventuranzas son el mapa del camino que han recorrido todos los santos: los que conocemos por su nombre y la multitud inmensa de los que nadie recuerda, pero que Dios conoce uno a uno.
A primera vista, este camino desconcierta. Jesús llama dichosos a los pobres, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos. El mundo diría exactamente lo contrario. Sin embargo, en esa paradoja se esconde el secreto de la verdadera grandeza humana.
El sufrimiento que ennoblece
La pobreza, las aflicciones, las injusticias y las persecuciones no tienen valor por sí mismas. Lo que las transforma es la manera de acogerlas. Cuando se aceptan con un corazón humilde y sumiso a la voluntad de Dios, con la serenidad que nace de la fe y con el deseo de participar en la Pasión de Cristo, no envilecen al hombre: lo ennoblecen.
El dolor vivido así purifica. Desprende el corazón de lo que es pasajero y lo vuelve más libre. Sobre todo, nos hace semejantes al Salvador doliente y, por eso mismo, dignos de tener parte en su gloria. San Pablo lo expresó con claridad: si sufrimos con Cristo, también seremos glorificados con Él (Rom 8,17).
Por eso Jesús puede proclamar sin contradicción:
- Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
- Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
- Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Cada una de estas promesas es la respuesta de Dios a un sufrimiento ofrecido con amor.
Las otras bienaventuranzas también piden sacrificio
Las cuatro bienaventuranzas restantes no hablan directamente del sufrimiento: los mansos heredarán la tierra, los misericordiosos alcanzarán misericordia, los limpios de corazón verán a Dios y los que trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios. Pero no son un camino más fácil.
Nadie es manso sin dominar su ira. Nadie es misericordioso sin renunciar al rencor y al deseo de revancha. Nadie es limpio de corazón sin una lucha diaria contra sus propias pasiones. Y nadie siembra paz sin vencerse a sí mismo para aceptar con serenidad situaciones difíciles.
Todas exigen, pues, un gran espíritu de sacrificio. Es un sacrificio silencioso y cotidiano, hecho de pequeñas victorias sobre el propio egoísmo, que permite sembrar en todas partes amor y paz.
Jesús, el primer bienaventurado
El itinerario de las Bienaventuranzas es el de los santos, pero antes que nada es el de Jesús. El Catecismo enseña que las Bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo (CIC 1717). Él no predicó un camino que no hubiera recorrido.
Jesús fue pobre desde Belén hasta la cruz. Lloró ante la tumba de su amigo Lázaro y sobre Jerusalén. Fue manso y humilde de corazón, misericordioso con los pecadores, limpio de corazón en su total entrega al Padre. Trajo la paz reconciliándonos con Dios. Y fue perseguido hasta la muerte por causa de la justicia.
Quiso tomar sobre sí las miserias y los sufrimientos humanos para enseñarnos a santificarlos. Desde entonces, ningún dolor ofrecido a Dios queda vacío de sentido. En Cristo pobre, doliente, manso, misericordioso, pacífico y perseguido, que por este camino llegó a la gloria, el cristiano encuentra la realización más perfecta de las Bienaventuranzas evangélicas.
Un camino abierto para todos
La santidad no es un privilegio de unos pocos. Es la vocación de todo bautizado, y las Bienaventuranzas nos muestran cómo llegar a ella. Los santos que hoy celebramos no fueron personas sin luchas ni dolores: fueron hombres y mujeres que, en medio de sus pruebas, se dejaron configurar con Cristo.
En esta fiesta, pidamos su intercesión para recorrer con fe el mismo camino que ellos recorrieron.
Para la reflexión personal:
- ¿Qué sufrimiento de mi vida puedo ofrecer hoy a Dios, unido a la Pasión de Cristo?
- ¿Cuál de las Bienaventuranzas me cuesta más vivir, y por qué?
- ¿Qué pasión o defecto concreto necesito vencer para ser más manso, misericordioso o pacífico?
- ¿Qué santo puede acompañarme como modelo e intercesor en este camino?
¡Feliz Solemnidad de Todos los Santos!

