Si usted vive en República Dominicana y tiene empleada doméstica, ya sabe de qué le voy a hablar. Si no la tiene, prepárese, porque esto que le voy a contar es la nueva normalidad.
Doña Cuca llevaba veintidós años casada con la misma rutina: a las siete de la mañana, Altagracia —su empleada de toda la vida— ya tenía el café colado, el patio barrido y la ropa tendida. Cuando Altagracia se jubiló para irse a cuidar nietos en Salcedo, doña Cuca lloró más que en su propia boda. Y con razón: lo que vino después fue una travesía bíblica.
La primera fue Yokasta, que llegó con una sonrisa de anuncio de pasta dental y una sola pregunta antes de quitarse la chaqueta:
—¿Y aquí hay wifi, doña, o trabajo a lo loco?
La segunda duró tres días. La tercera, dos. Hasta que llegó Rosanna.
Rosanna era buena gente, eso había que reconocérselo. Trabajadora, sonriente, puntual —cuando el tráfico la dejaba—, y con una disposición que ya quisieran muchos. El problema no era la voluntad. El problema era que Rosanna parecía haber sido criada por lobos en una sabana sin puertas.
Capítulo uno: La fiebre del agua
Doña Cuca descubrió pronto que Rosanna tenía una pasión incontrolable: el agua. No el agua de beber, ni el agua de cocinar. El agua de fregar. Para Rosanna, no existía superficie en el mundo que no mereciera un baldazo.
—Rosanna, eso es piso de madera, ¡no le eches agua!
—Sí, doña.
Media hora después, doña Cuca resbalaba en el pasillo como si patinara en el lago Enriquillo, mientras el piso de cedro, su orgullo, su herencia, su tesoro familiar, criaba unas ondas que parecían el mapa topográfico de Constanza.
—¡ROSANNA!
—Es que se veía sucio, doña.
—¡Se ve sucio porque tú le echaste agua y ahora tiene hongo!
Al día siguiente, la misma escena. Y al otro. Doña Cuca llegó a sospechar que Rosanna no limpiaba la casa: la estaba bautizando, sacramento por sacramento, tabla por tabla, hasta la salvación eterna del piso de madera.
Capítulo dos: Las instrucciones de cada día, como si nunca se hubieran dicho
Doña Cuca aprendió, a fuerza de resbalones, que con Rosanna no servía explicar una vez. Ni dos. Había que explicar todos los días, como quien reza el rosario, con la misma fe de que algún día prendería.
—Rosanna, el piso de la sala se pasa con el paño semihúmedo.
—Ajá, doña.
(Al día siguiente, llega un tsunami con olor a Fabuloso.)
—Rosanna, ¿qué te dije ayer?
—Que con paño húmedo.
—¡SEMIhúmedo! ¡Semi! ¡Medio! ¡No todo el balde!
Doña Cuca empezó a sentir un cansancio que no era de los brazos ni de la espalda. Era un cansancio de la voz, del alma, de tener que repetirse a sí misma como una grabadora dañada. «El piso de madera no, Rosanna.» «El piso de madera no, Rosanna.» Llegó a soñarlo. En el sueño, hasta el perro le decía: el piso de madera no, Rosanna.
Capítulo tres: La puerta que no existía
Pero si el agua era la cruz de doña Cuca, la puerta del cuarto era el calvario completo.
Una tarde, recién bañada, en ropa interior, buscando el polvo talco frente al espejo, doña Cuca escuchó un trueno: era la puerta de su habitación, abierta de par en par sin tocar, sin avisar, sin un mínimo «¿se puede?».
—Doña, ¿usted vio dónde puse el Mr. Músculo?
Doña Cuca, congelada como estatua del Faro a Colón, solo atinó a cubrirse con una toalla de mano que no tapaba ni un codo.
—¡ROSANNA! ¡SE TOCA LA PUERTA!
—Ay perdón, doña, es que yo soy así, en mi casa nadie toca.
—¡Pero esta no es tu casa, Rosanna, esta es MI casa, y en MI casa la gente toca!
A la semana siguiente, ocurrió de nuevo. Y a la otra. Doña Cuca empezó a tener una especie de trauma postraumático cada vez que escuchaba pasos acercándose por el pasillo. Llegó a ponerle pestillo a la puerta, cosa que jamás había hecho en veintidós años de casada, ni con su propio marido.
Capítulo cuatro: La aspiración ejecutiva
Lo más jocoso —si es que a estas alturas a doña Cuca todavía le quedaba humor para reírse— vino el día en que Rosanna, con el trapeador todavía chorreando sobre el sagrado piso de madera, le anunció sus aspiraciones laborales:
—Doña, yo quisiera que usted me subiera el sueldo. Yo vi que en Instagram una muchacha gana treinta mil pesos limpiando casas en Punta Cana.
Doña Cuca respiró hondo, contó hasta diez, y miró el piso, que en ese momento criaba una piscina nueva.
—Rosanna, mi amor, el día que tú aprendas que el piso de madera no se moja, que toques la puerta antes de entrar, y que el paño es SEMI-húmedo y no un tsunami, yo no solo te subo el sueldo: te hago un altar.
Rosanna sonrió, satisfecha, como si hubiera ganado la negociación. Y al día siguiente, fiel a su naturaleza indomable, abrió la puerta del cuarto sin tocar, balde en mano, directo hacia el piso de madera.
Doña Cuca, esta vez, ni gritó. Solo cerró los ojos, respiró, y pensó en Altagracia, allá en Salcedo, rodeada de nietos, libre, feliz, sin saber la suerte que tuvo de irse a tiempo.
Y así, entre baldazos, puertas sin tocar y sueños de salario ejecutivo, doña Cuca sigue, día a día, repitiendo las mismas instrucciones con la paciencia de quien sabe que en este país, encontrar una buena empleada se ha vuelto más difícil que encontrar gasolina barata.
