¿Y todavía faltan dos años?

Tenemos un presidente que convirtió el endeudamiento en arte. Si hubiera una olimpiada de pedir préstamos, este se lleva el oro, la plata y el bronce. Su ineficacia no raya en la ineptitud: ya la graduó con honores. Por ahí suena un merengue que dice “María se va” — pues así mismo, bailando y sonriendo, nos llevan derechito al precipicio económico más grande que ha visto este país.

Aquí no funciona absolutamente nada, pero eso sí, las excusas funcionan a la perfección. Las instituciones son un cascarón vacío, y la corrupción ya no es escándalo, es costumbre. Salud y educación, que deberían ser sagradas, son las que más sangran. El dinero de los impuestos se evapora más rápido que un alcohol al sol, y la inflación está tan alta que ya le ganó a cualquier letra de Juan Luis Guerra — y eso que el hombre sabe de exagerar con melodía.

Y todavía faltan dos años. Dos años más de este espectáculo.

¿Qué país vamos a heredar? Eso es lo de menos para ellos. El cuello blanco y la “popularcracia” nos han salido a precio de oro, mientras al pueblo le toca apretarse el cinturón hasta cortarse la circulación. Así que ya saben: sigan comiendo tayota, carajo, que de eso sí hay de sobra.

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