Evangelizar en la nueva cultura digital: mi experiencia en las Escuelas de Agradecimiento

Una intuición profética

En 1990, años antes de la eclosión de internet, san Juan Pablo II escribía en la encíclica Redemptoris missio que el trabajo con los medios de comunicación no tiene solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de algo más profundo, porque la evangelización misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo.

Por eso, advertía, no basta con usarlos para difundir el mensaje cristiano y el magisterio de la Iglesia: conviene integrar el mensaje mismo en esta «nueva cultura» creada por la comunicación moderna. Y señalaba que esta cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar, con nuevos lenguajes (RM 37).

Tres décadas después, aquella intuición se ha hecho realidad. Lo he comprobado de primera mano en las Escuelas de Agradecimiento Online de los Franciscanos de María, donde una pantalla se ha convertido en lugar de encuentro con Cristo y con los hermanos.

Tres años de servicio y gratitud

Con alegría y agradecimiento celebro tres años desde que comencé a colaborar con el padre Santiago Martín, FM, como catequista misionera de las Escuelas de Agradecimiento Online.

Pertenecer a los Franciscanos de María ha sido un regalo de Dios: una oportunidad invaluable para servir y crecer en la fe a través de este vehículo de enseñanza y espiritualidad. Las Escuelas de Agradecimiento están hoy activas en más de 27 países y reúnen a personas de más de 60 naciones, unidas en una misma comunidad de fe.

Eso es precisamente lo que anticipaba Redemptoris missio: no se trata solo de transmitir contenidos por internet, sino de crear comunidad, acompañamiento y vida cristiana en el lenguaje propio del mundo digital.

Un método para vivir lo aprendido

En la Escuela de Agradecimiento aprendemos algo esencial: no estamos aquí solo para aprender, sino para vivir lo aprendido. El método de los Franciscanos de María se basa en la dirección espiritual: se proponen tareas concretas y después se hace revisión de vida, que tiene lugar en la propia escuela.

Recibimos formación y espiritualidad, y se nos asigna un propósito, nuestra «tarea», para hacer vida lo que hemos aprendido. No queremos saber más por curiosidad o por crecimiento intelectual, sino para que nuestro amor a Dios se traduzca en obras concretas. El camino tiene tres pasos sencillos pero profundos.

1. Orar cada día

Nuestro objetivo es amar al Amor, a Dios, que es el Amor con mayúscula. Por eso la oración es tan importante: sin una relación personal con Él, no podemos amarlo.

La oración nos deja con el corazón abierto ante la mirada de Cristo, para que Él pueda sanarnos, consolarnos y ayudarnos. Es el momento de quererlo y dejarse querer; el encuentro diario y personal con Jesús, sin el cual el método no funciona.

2. Vivir el propósito

Cada semana recibimos Palabra que da Vida, una breve meditación del Evangelio dominical. De ella nace un propósito que nos ayuda a profundizar, meditar y poner en práctica la Palabra de Dios durante la semana, viviendo la espiritualidad del agradecimiento.

En la meditación descubrimos el infinito amor que Dios nos tiene, y ponemos en práctica el propósito como respuesta agradecida a ese amor. No es teoría: es amor hecho acción.

3. Compartir y agradecer

En la siguiente reunión compartimos los testimonios de haber vivido el propósito. Esto edifica mucho: escuchar lo que Dios ha obrado en los demás miembros nos estimula a que nuestra vida se convierta en una continua acción de gracias.

Los frutos de un corazón agradecido

Cuando participamos y practicamos este método, los frutos aparecen:

  • Conocemos mejor a Jesús.
  • Confiamos en su amor y su misericordia.
  • Nos enamoramos más de Él.
  • Llenamos nuestra vida de obras buenas.
  • Crecemos en santidad.
  • Encontramos paz y alegría.

Además, las Escuelas nos enseñan dos principios que fortalecen nuestro camino espiritual.

Mostrar nuestra gratitud a Dios. Por medio de buenas obras, ayudando a quien lo necesita y siendo generosos con nuestro tiempo y nuestros recursos, ponemos la fe en acción. La gratitud se transforma en servicio, en un acto de amor a los demás y a Dios.

Confiar en Dios en medio de las dificultades. En los momentos difíciles, actuar con prudencia y responsabilidad para prevenir o resolver los problemas fortalece nuestra confianza y nuestra esperanza en su guía. La fe activa nos ayuda a ver más allá de los obstáculos, sabiendo que Dios trabaja en nosotros y a través de nosotros.

Al vivir estas virtudes experimentamos su presencia: paz, alegría y un sentido profundo de propósito. La coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos es un testimonio vivo de su obra, y puede inspirar a otros a vivir con gratitud, confianza y generosidad.

Cuando el amor de Dios se recibe, se convierte en vida

Servir en las Escuelas de Agradecimiento Online ha sido para mí un camino de crecimiento espiritual y una muestra concreta de la fidelidad de Dios. Una reunión virtual, una meditación enviada por el teléfono o un testimonio compartido a miles de kilómetros pueden encender la fe de alguien en el otro extremo del mundo.

Ese es el alcance de la evangelización digital cuando no se limita a difundir mensajes, sino que forma comunidad y acompaña la vida: lo que Juan Pablo II pedía al hablar de integrar el Evangelio en la nueva cultura de la comunicación.

Cada acto de gratitud, de confianza y de generosidad es una oportunidad para reflejar el amor divino y llevar luz a nuestro entorno. Sigamos adelante con esperanza, sabiendo que la verdadera transformación comienza en nuestro interior y se manifiesta en cada gesto cotidiano. Porque cuando el amor de Dios se recibe, se convierte en vida.

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