Una historia de indiferencia

Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín en una fría mañana de enero. Durante los siguientes 45 minutos, interpretó seis obras de Bach. En el mismo tiempo, se calcula que pasaron por aquella estación algo más de mil personas, casi todas en camino hacia sus trabajos. Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un instante su paso y advirtió que había una persona tocando música. Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera propina: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha. Algunos minutos después, alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino. Quien más atención prestó fue un niño de tres años. Su madre tiraba de su brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando la mujer logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha. En los tres cuartos de hora que el músico tocó, solo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos ni reconocimientos. Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell (1967), uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron jamás, en un violín valorado en tres millones y medio de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell llenó un teatro en Boston con localidades cuyo valor medio alcanzaba los 100 dólares. Esta historia es real. La actuación de Joshua Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. La consigna era si, en un ambiente banal y a una hora inconveniente, percibimos la belleza. ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado? Tan solo una mujer le reconoció. Stacy Fukuyama, que trabaja en el Departamento de Comercio, llegó casi al final de su actuación. No lo dudó ni un segundo: el que tocaba el violín no era ningún artista callejero. Le había visto hacía tres semanas en un concierto en la Biblioteca del Congreso. Y se quedó mirando, atónita, hasta que la última nota salió del Stradivarius. Lo que más extrañó a Bell, sin embargo, fue que al final de cada pieza no pasaba nada. ¡Nada! Ni un bravo ni un aplauso. Solo silencio. En total, el violinista recaudó en la funda de su Stradivarius 32 dólares y algo de calderilla. «No está mal», bromeó, «casi 40 dólares la hora… podría vivir de esto. Y no tendría que pagarle a mi agente».

¿Puedes imaginar qué otras cosas nos estaremos perdiendo por no detenernos a mirar, embebidos en la prisa de este mundo que nos tima de continuo con sus urgencias?

Jamás sucumbas a la indiferencia. Que todo te importe. Que todo te incumba. Que las injusticias no resbalen en ti como el agua sobre el lecho del río. Que una mirada triste te conmueva. Que el dolor de otro te sobresalte. Que el sufrimiento ajeno sea dolor propio, porque esa es la única forma de no dejar de ser y de sentirse humano. No olvides que la indiferencia endurece el corazón y que el granito no tiene sentimientos.

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