Hay una pregunta que resurge cada vez que un pueblo atraviesa una tragedia colectiva: ¿dónde está Dios? No es una pregunta nueva. Es, quizás, la más antigua de todas las preguntas religiosas. Y hoy, ante lo que vive Venezuela, muchos de nosotros la escuchamos de nuevo, esta vez en boca de amigos, familiares, personas que hasta hace poco daban su fe por descontada.
No pretendo tener una respuesta cerrada. Pero sí creo que vale la pena pensar juntos algunas distinciones que la tradición cristiana ha ido construyendo a lo largo de los siglos, no para resolver el dolor, sino para acompañarlo con algo más que silencio.
Una distinción necesaria
Cuando hablamos del sufrimiento humano, conviene separar dos órdenes de causas. Por un lado están los fenómenos naturales: un terremoto, una enfermedad, la fragilidad misma de vivir en un cuerpo y en un planeta con leyes físicas propias. Por otro lado está el mal moral: las decisiones humanas que generan corrupción, violencia, abandono, injusticia.
Dios no diseñó el sufrimiento como castigo ni como parte de un plan que busca hacer daño a sus hijos. Lo que sí sostiene la fe cristiana es que Dios creó un mundo real, con leyes propias, y creó seres libres. Esa libertad —necesaria para que el amor, la virtud y la fe tengan sentido genuino— es también la que abre la puerta al mal moral. Un Dios que interviniera constantemente para anular las consecuencias de las malas decisiones humanas no dejaría espacio para una libertad verdadera.
Esto no es una respuesta fría ni un ejercicio de lógica abstracta. Es, más bien, el punto de partida para entender por qué Dios “permite” lo que no quiere.
Lo que la fe no promete
Es importante decirlo con claridad: la fe cristiana nunca prometió una vida sin dolor. Prometió otra cosa, quizás más difícil de sostener: presencia en medio del dolor.
El salmo que da título a esta reflexión —“Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”— no habla de una salvación que evita el sufrimiento, sino de una salvación que se revela precisamente a quien persevera en el camino, incluso cuando ese camino atraviesa la oscuridad. No es casualidad que gran parte de la tradición bíblica esté escrita desde el exilio, la persecución o la pérdida.
La figura de Job es quizás la más honesta que tenemos sobre este tema. Job pregunta, reclama, exige explicaciones. Y Dios no le da una explicación satisfactoria del porqué del sufrimiento. Le da, en cambio, su presencia. A veces la fe no consiste en resolver la pregunta “¿por qué lo permites?”, sino en sostener la confianza de que ese Dios sigue caminando junto a quien pregunta, incluso sin respuesta clara.
Acompañar antes que explicar
Aquí está, creo, el punto pastoral más importante: cuando alguien está sufriendo, no es momento de argumentar teológicamente sobre el problema del mal. Es momento de acompañar.
Quien cuestiona la fe de manera tajante ante una tragedia como la que vive Venezuela no necesita un tratado filosófico bien armado. Necesita sentir que su pregunta es legítima, que no está sola, y que la fe no le exige callar el dolor ni fingir que todo tiene sentido inmediato. Los grandes teólogos han insistido en esto: el problema del mal no tiene una solución filosófica definitiva, ni siquiera dentro de la fe. Lo que sí tiene es una respuesta encarnada.
Esa respuesta, para el cristianismo, es la cruz. No un Dios que observa el sufrimiento humano desde afuera, sino un Dios que lo asume desde dentro. La cruz no explica el dolor: lo habita.
La imagen del megáfono
C.S. Lewis, en El problema del dolor (1940), ofrece una imagen que muchos encuentran perturbadora pero también reveladora. Sostiene que Dios nos habla en susurros a través del placer, pero que grita a través del dolor, convirtiéndolo en su “megáfono para despertar a un mundo sordo”.
No es una frase cómoda. Lewis no está diciendo que Dios provoque el sufrimiento para “enseñarnos algo”, en un sentido simplista o punitivo. Lo que sugiere es algo distinto: que el dolor, precisamente por ser imposible de ignorar, tiene la capacidad de sacarnos de la autosuficiencia y la ilusión de que todo está bien cuando en realidad no lo está. Lewis mismo escribió este libro sin ser ajeno al sufrimiento: había perdido a su madre siendo niño, había combatido en la Primera Guerra Mundial, y años después enterraría a su esposa.
Aplicado a lo que vive Venezuela, esta idea no debe leerse como una justificación de la tragedia, sino como una posibilidad: que el dolor colectivo, por doloroso que sea, puede convertirse también en el lugar donde una comunidad redescubre lo esencial —la solidaridad, la fe, la necesidad del otro— que en tiempos de bonanza suele quedar en segundo plano. El megáfono no explica por qué grita; simplemente hace imposible seguir durmiendo.
Dos tradiciones clásicas: Agustín e Ireneo
Antes de Lewis, dos padres de la Iglesia ya habían planteado caminos distintos para pensar el problema del mal, y ambos siguen siendo útiles hoy.
Agustín de Hipona (siglo IV-V) propuso que el mal no es una “cosa” creada por Dios, sino una ausencia: una privación del bien que debería estar presente. Así como la oscuridad no es una sustancia sino la ausencia de luz, el mal moral —la corrupción, la crueldad, la injusticia— no es algo que Dios haya fabricado, sino el resultado de que las criaturas libres se aparten del bien para el que fueron creadas. Esta idea conecta directamente con lo que decíamos antes: Dios no “hace” el sufrimiento humano causado por otros hombres; lo permite como consecuencia inevitable de una libertad real. Para Agustín, negarle a las criaturas esa libertad —aun sabiendo que sería mal usada— habría sido negarles también la posibilidad de amar genuinamente.
Ireneo de Lyon (siglo II), en cambio, ofrece una perspectiva distinta y complementaria. Para él, los seres humanos no fueron creados ya perfectos, sino en proceso de maduración: Dios nos formó “a su imagen” pero nos deja crecer hacia su “semejanza” a través de la experiencia, incluida la experiencia del sufrimiento y la lucha moral. Es lo que hoy se conoce como teodicea del “alma en formación” (soul-making): el mundo no es un lugar diseñado para ser cómodo, sino un lugar diseñado para que las almas se desarrollen, se fortalezcan y aprendan a elegir el bien libremente, incluso en medio de la adversidad.
Puestas juntas, estas dos tradiciones ofrecen ángulos complementarios frente a una tragedia como la venezolana: Agustín ayuda a entender por qué existe el mal moral (la libertad humana mal usada, no un designio divino), e Ireneo ayuda a vislumbrar que ni siquiera el sufrimiento más injusto queda fuera del proceso mediante el cual una persona —o un pueblo— puede madurar en fe, solidaridad y carácter. Ninguna de las dos ideas minimiza el dolor real; ambas intentan situarlo dentro de un sentido más amplio, sin negar su peso.
Una fe que no elude la realidad
Vale la pena también decir esto sin rodeos: reconocer que Dios no quiere el sufrimiento no significa resignarse ante la injusticia humana. Buena parte del dolor que hoy atraviesa Venezuela tiene nombre y responsables concretos. La fe no es una invitación a la pasividad frente a la injusticia; muchas corrientes de la teología latinoamericana han insistido precisamente en esto: que la fe auténtica se compromete con la transformación de las estructuras que generan sufrimiento, no solo con su consuelo espiritual.
Dios acompaña en el dolor, sí. Pero también llama a actuar contra las causas humanas de ese dolor.
Para cerrar
No hay una fórmula que convenza a quien está enojado con Dios en medio de una tragedia. Y quizás no debería haberla. Lo que sí podemos ofrecer, como creyentes, es compañía honesta: reconocer la legitimidad del cuestionamiento, resistir la tentación de dar respuestas fáciles, y sostener —con humildad, no con certeza absoluta— que ese “buen camino” del que habla el salmo no es un camino sin sombras, sino uno que se atraviesa acompañados, aun cuando no entendamos del todo por qué.
“Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”: fe y sufrimiento en tiempos de Venezuela
