Frente al relativismo: la urgencia de recuperar la capacidad de asombro

Escándalos de corrupción sin tregua, tragedias que se suceden una tras otra, decisiones que parecen no responder a ningún criterio firme: vivimos rodeados de un sinsentido que ya casi no sorprende. Y ahí está el verdadero problema. El relativismo nos ha envuelto de tal manera que hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante el atropello, la capacidad de indignarnos ante la falta de honestidad. Cuando todo se relativiza, hasta la injusticia deja de doler.
Una misma raíz: la desobediencia a lo que no se puede negociar
Lo que ocurre en la política y lo que amenaza a la Iglesia son, en el fondo, la misma tentación. En el plano político, la corrupción no es más que la desobediencia a la ley y a los principios que el bien común exige respetar: se gobierna según la conveniencia del momento y no según lo que es justo. En el plano eclesial, el relativismo opera de manera idéntica: es la desobediencia al Magisterio y a la Tradición, la pretensión de acomodar la doctrina a lo que resulta cómodo o aceptable hoy, aunque contradiga lo que ayer se enseñó como verdadero.
En ambos casos el mecanismo es el mismo: se sustituye una norma que trasciende al individuo —la ley, el bien común, el depósito de la Fe— por el criterio cambiante de quien detenta el poder en ese momento. Y en ambos casos el resultado también es el mismo: se pierde la confianza. Así como la corrupción erosiona la confianza en las instituciones civiles, una Tradición que retrocede erosiona la confianza en la Iglesia y en su Magisterio.
¿Cómo remediar este deterioro ético y moral?
La respuesta, para quien cree, no está en inventar nuevos criterios según el momento, sino en volver a una fuente que no cambia con las circunstancias: el depósito de la Fe.
Dios se comunica a través de la Palabra y la Tradición, y juntas conforman ese “depósito de la Fe” que la Iglesia está llamada a custodiar, no a inventar. La Revelación se encuentra en la Escritura, pero se manifiesta también en la Tradición, que no es otra cosa que la actualización de esa misma Revelación por una Iglesia guiada por el Espíritu Santo. Es vital que el Papa lo reafirme con claridad, especialmente en un tiempo en que la Tradición misma es puesta en duda o atacada desde dentro y fuera de la Iglesia.
Reconocer esto exige una forma concreta de humildad: aceptar que la enseñanza de la Iglesia debe guiarse por la Palabra de Dios y por la Tradición, y no por la opinión pública o por lo que resulte más aceptable en cada momento. Esa humildad es justamente lo contrario del relativismo, que sustituye la obediencia a una verdad recibida por la pretensión de decidir uno mismo qué es bueno y qué es malo.
Tradición viva, no Tradición que retrocede
Afirmar el depósito de la Fe no significa negar que la Tradición evolucione. Lo hace: se profundiza, se expresa con lenguaje nuevo, responde a desafíos que antes no existían. Pero una cosa es desarrollarse y otra muy distinta es retroceder. Lo que fue verdadero ayer no puede convertirse en falso mañana, porque la verdad no está sujeta a las modas ni a las conveniencias del momento.
Si se sostiene que el Espíritu Santo guía al Magisterio, entonces no puede haber contradicciones entre lo que la Iglesia enseñó ayer y lo que enseña hoy. Una Tradición que se contradice a sí misma, que retrocede sobre lo ya afirmado, no evoluciona: se disuelve. Y ese es precisamente el terreno donde el relativismo entra también en la Iglesia, minando la confianza de los fieles en sus propias enseñanzas.
La lección de Adán, según San Francisco
San Francisco, al reflexionar sobre la obediencia y el mandato divino, recuerda que Dios permitió a Adán comer de todos los árboles del paraíso, menos de uno: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Esa única prohibición no era arbitraria, sino la forma concreta en que Adán debía expresar su obediencia a la voluntad de Dios. Al querer decidir por sí mismo qué era bueno y qué era malo, tentado por el diablo, Adán transgredió el mandato y con ello se apropió de un conocimiento que no le correspondía, cuyas consecuencias tuvo que sufrir.
Esa escena es, en el fondo, la misma tentación que atraviesa este artículo: la de sustituir una voluntad que nos precede y nos excede —la de Dios, la ley, la Tradición— por el propio criterio. Cuando el ser humano, o una institución, decide fijar por sí mismo dónde está el bien y dónde el mal, no gana libertad: repite el gesto de Adán y hereda sus consecuencias. La fidelidad, en cambio, empieza por reconocer que no todo está sujeto a nuestra decisión.
Claridad como forma de fidelidad
Frente a un mundo que ha renunciado a distinguir el bien del mal, la Iglesia no puede permitirse la misma ambigüedad. Mantener claros estos conceptos —depósito de la Fe, desarrollo sin ruptura, coherencia del Magisterio— no es un ejercicio de rigidez, sino una forma de fidelidad y de servicio a la verdad.
Recuperar la capacidad de asombrarnos ante la corrupción y la injusticia empieza, entonces, por recuperar puntos de referencia estables, ya sea en la vida pública o en la vida de la Iglesia. La ley que se respeta y el depósito de la Fe que se custodia responden a la misma lógica: no dependen de quien gobierna en cada momento. Solo defendiendo esa estabilidad es posible volver a indignarse, volver a exigir honestidad y volver a creer que el bien y el mal no son cuestión de opinión.

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