Hay dos formas de entender el mindfulness que, en realidad, son una sola. Una nos habla desde la filosofía y la mente; la otra, desde el cuerpo y los sentidos. Juntas dibujan un camino completo hacia la presencia.
La cosmovisión que lo cambia todo
Mario Alonso Puig recuerda el hallazgo de la antropóloga Margaret Mead en dos islas vecinas de Polinesia y Melanesia: en una, la gente creía que el ser humano es bueno por naturaleza y que el universo es amigable; en la otra, que hay que sufrir y desconfiar del mundo. El resultado fue tan real como medible —una isla recibió a su equipo con calidez, la otra con hostilidad—, y de ahí nace una idea central: la cosmovisión que sostenemos moldea, literalmente, cómo vivimos.
Puig cita también a Einstein, para quien la pregunta más importante que podemos hacernos es si vivimos en un universo amigable o en uno hostil. Y añade una imagen sencilla y poderosa: un tablero de madera es solo eso, madera, hasta que alguien nos revela que también es un tablero de ajedrez. Entonces todo cambia: aparecen el juego, la estrategia, el descubrimiento. Así funciona el mindfulness con la realidad: no cambia el mundo, cambia la relación que tenemos con él.
Abrir los sentidos: la práctica
Si la cosmovisión es el mapa, abrir los sentidos es el territorio. Con algo de práctica, los adultos podemos recuperar esa capacidad casi olvidada de percibir el mundo como lo hacíamos de niños: sin filtros, sin prisa, sin nombrarlo todo de inmediato.
La invitación es sencilla:
• Busca un espacio natural —un parque, un bosque, la orilla de un río, la playa.
• Lleva la atención a tu respiración y al peso de tu cuerpo, al efecto de la gravedad.
• Si puedes, quítate los zapatos y siente tus pies en contacto con la tierra.
• Desde ahí, ve ampliando el campo de percepción poco a poco: el roce del aire en la piel, los cambios de temperatura, la luz, los colores, los olores, el sonido del agua, el canto de los pájaros.
• Hunde las manos en la arena o en la tierra. Acércate a las plantas: huélelas, tócalas, prueba su sabor si es posible.
• Mantén una actitud de observación pausada. Déjate invadir por completo por lo que ves, y recréate en el simple placer de estar presente.
Al terminar, conviene detenerse a pensar en lo vivido y compararlo con la forma en que percibimos habitualmente, en el ritmo automático del día a día. La sorpresa suele ser genuina —y con ella, las ganas de repetir la experiencia, o de invitar a alguien más a probarla.
Dos caminos, una misma puerta
Lo interesante es cómo ambas propuestas se encuentran. Puig habla de un mundo inconsciente que genera tensión sin que sepamos bien por qué, y de un entrenamiento mental necesario para atravesar límites que ni siquiera percibimos. La práctica de abrir los sentidos es, en cierto modo, ese entrenamiento hecho cuerpo: en lugar de trabajar sobre ideas y creencias, trabaja directamente sobre la experiencia sensorial, sin intermediarios.
Donde Puig apela a la actitud exploradora frente al juicio automático —citando a Proust, para quien descubrir no es viajar a tierras nuevas sino mirar la tierra conocida con ojos nuevos—, la práctica sensorial ofrece el ejercicio concreto para lograrlo: literalmente, mirar (y oler, y tocar) lo de siempre como si fuera la primera vez.
En definitiva, uno nos da el porqué —una filosofía de vida, una cosmovisión amigable, unos principios— y el otro nos da el cómo: una práctica breve, accesible, que cualquiera puede probar hoy mismo, en cualquier parque o playa cercana. Juntos forman un mindfulness completo, que se piensa y también se siente.
Basado en las reflexiones de Mario Alonso Puig sobre mindfulness y filosofía de vida.
