Tendemos a imaginar a Dios a nuestra imagen. Le atribuimos nuestros miedos, nuestras preferencias, nuestros rencores. Pero Dios no es como nosotros.
Un Dios que nos descoloca
Jesús resume toda la ley en dos mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Los dos apuntan en la misma dirección: *sal de ti mismo*.
Vivimos instalados en el centro de nuestra propia historia. Dios nos invita a corrernos de ese centro. No porque seamos malos, sino porque solos nos quedamos pequeños.
Criaturas, no dioses
Reconocernos criaturas no es humillarse. Es ser honestos.
Necesitamos aire, alimento, afecto. Necesitamos ser perdonados. Necesitamos ayuda para lo que más importa. Eso no es debilidad: es la condición desde la que Dios puede actuar.
El problema no es ser pequeños. El problema es pretender que no lo somos.
El perdón que nos cuesta
Perdonar de verdad está por encima de nuestras fuerzas. Lo sabemos. Podemos querer perdonar y no poder. Podemos creer que hemos perdonado y descubrir que no.
Y sin embargo sabemos que lo necesitamos —darlo y recibirlo— para vivir en paz.
Ahí está la paradoja: somos dubitativos para perdonar, pero conscientes de que sin perdón no hay vida plena. Dios no duda. Nosotros sí. Por eso necesitamos pedirle lo que no podemos darnos solos.
Conclusión
Dios no es como nosotros. No se cansa, no guarda rencor, no se queda pequeño. Y precisamente por eso puede hacer en nosotros lo que nosotros no podemos hacer.
La fe no es creer que somos capaces. Es confiar en que Él sí lo es.
