Cuando toca pasar del sillón de al lado al del conductor

El sillón del copiloto y el del conductor no son solo asientos: son roles. Uno acompaña, observa, confía en que otro lleve el rumbo. El otro exige decisión, atención constante, responsabilidad sobre cada curva del camino. Y la vida, tarde o temprano, nos hace ese cambio de asiento sin previo aviso.

Estoy convencida de que a lo largo de mi vida Dios me ha ido formando para enfrentar los retos que en el trayecto del camino se van apareciendo. No llegamos preparados de golpe para conducir. Nos vamos formando en el camino, muchas veces sin darnos cuenta, en los pequeños momentos donde tuvimos que sostener algo, decidir algo, cuidar de alguien. Esa fe en que Dios ha ido moldeando el carácter paso a paso es también una forma de entender que ninguna experiencia se desperdicia: cada temporada de «copiloto» fue, en el fondo, un entrenamiento silencioso para el día en que el volante quedara en nuestras manos.

Una situación cualquiera puede transformar y cambiar tu estilo de vida en un tris. A veces basta un instante —una llamada, una noticia, una ausencia— para que ese cambio de asiento ocurra de golpe. Ahí es donde se nota si esa formación previa dio fruto: no porque desaparezca el miedo o la inseguridad, sino porque hay una base desde la cual sostenerse. La fortaleza no siempre se siente como fortaleza mientras se está construyendo; muchas veces solo se reconoce como tal cuando llega el momento de usarla.

Quizás la reflexión más honesta es esta: no se trata de sentirse lista para conducir, sino de confiar en que quien te enseñó a subir al carro también te acompaña cuando te toca tomar el volante. El cambio de asiento no borra el aprendizaje anterior; lo pone, por fin, en movimiento.

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