**Cupido, ¿dónde estás?**

En un pequeño pueblo donde las estrellas parecían danzar con el viento, se encontraba una anciana llamada Clara. Durante muchos años, había visto pasar diversas parejas en la celebración del Día de San Valentín. Para muchos, ese día era sinónimo de flores, chocolates y cenas elegantes. Sin embargo, Clara sabía que el amor verdadero era algo más profundo.

Ella recordaba con cariño a su primer amor, Mateo. No tenían mucho dinero, pero su amor era un refugio. Paseaban por el parque, compartían sueños y risas; era un amor lleno de autenticidad. Sin embargo, como suele suceder, la vida los llevó por caminos diferentes. Mateo partió en busca de grandes oportunidades, y Clara decidió quedarse. Ambos tomaron decisiones que les llevaron a otro tipo de amores, pero nunca olvidaron lo que significó ese primer encuentro.

Con el paso del tiempo, Clara vivió otros amores que la enseñaron más sobre la vida que los chocolates y las flores. Con Carlos, un compañero de trabajo, aprendió la importancia de la lealtad y el compromiso. Construyeron una relación basada en la confianza y el respeto mutuo. Con Ana, se sintió profundamente conectada

; juntas descubrieron la paz en el silencio compartido, más allá de las palabras. En cada uno de esos amores, había un aprendizaje: que el verdadero amor no solo se celebra en un día, sino que se construye día a día.

El Día de San Valentín solía dar miedo a Clara. Ver a todos con sus globos y regalos le recordaba lo que había perdido. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que no se trataba de los regalos materiales, sino de la conexión genuina entre las personas. Así que decidió cambiar su perspectiva. En lugar de sentir tristeza, empezó a celebrar el amor que había vivido. Organizó una pequeña reunión en su casa, invitó a amigos y pares para recordar aquellos momentos importantes, y brindar por las lecciones aprendidas.

Clara compartió su historia y la de los demás, repleta de risas y nostalgia. La gente comenzó a compartir también sus propias historias, de amores que habían sido importantes, amores que seguían en sus corazones, y de amores que, aunque no eran perfectos, habían dejado huellas imborrables. De este modo, comprendieron que el amor verdadero no siempre es el que se ve en las películas; a veces, se trata de experiencias que cambian la vida y de conexiones que nos hacen crecer.

Así fue como Clara se dio cuenta de que, aunque Cupido puede haber estado ausente, el amor nunca se había ido. Había estado allí, siempre presente, en las lecciones de la vida, en los recuerdos que llevamos con nosotros y en la profundidad del entendimiento entre las personas. En su corazón, Clara sabía que el verdadero amor trasciende incluso el tiempo y el dolor, y que el Día de San Valentín debería ser una celebración del amor en todas sus formas, no solo en las más comerciales. 

Desde entonces, para Clara, cada día podía ser San Valentín, un recordatorio de que el amor verdadero no busca ser ostentoso, sino que se nutre de autenticidad, compromiso y paz.

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