El éxito, la humildad y la vanagloria

A todos nos gusta el éxito. Sentirnos admirados y reconocidos satisface, y no hay nada de malo en ello: es natural querer que nuestro esfuerzo sea visto y valorado.

Hoy, además, el éxito llega más rápido que nunca. Vemos personas que pasaban desapercibidas y, de un día para otro, escalan a la fama. Las redes sociales las publicitan en extremo, los seguidores se multiplican y los aplausos no paran. Lo que antes tomaba años de trabajo silencioso, ahora puede ocurrir con un solo video.

Pero cuidado: el éxito suele ser adictivo.

La ola que no sabemos manejar

El reconocimiento funciona como cualquier otra cosa que nos da placer: mientras más recibimos, más queremos. Sin darnos cuenta, dejamos de hacer las cosas por amor a lo que hacemos y empezamos a hacerlas por el aplauso. Ahí comienza el problema.

Nos montamos en una ola que no sabemos manejar, y de la que tampoco sabemos cómo apearnos. Arriba todo se ve pequeño: los amigos de siempre, los consejos, las críticas honestas. Empezamos a creer que llegamos solos y que lo merecemos todo. Eso es la vanagloria: una gloria vana, vacía, que depende de la mirada de los demás.

Y toda ola, tarde o temprano, rompe en la orilla.

La humildad como ancla

La humildad no es negar nuestros logros ni pensar menos de nosotros mismos. Es recordar de dónde venimos y quiénes nos ayudaron a llegar. Es entender que el talento es un regalo, que la oportunidad no la tuvimos todos, y que el aplauso de hoy puede ser el silencio de mañana.

La persona humilde disfruta el éxito sin que el éxito la posea. Sigue escuchando, aprendiendo y saludando por su nombre a quienes conocía antes de ser conocida.

Tres preguntas para no perdernos

  • ¿Seguiría haciendo esto si nadie me aplaudiera?
  • ¿Quién me dice la verdad, aunque no me guste oírla?
  • ¿Trato igual a quien puede ayudarme y a quien no puede darme nada?

Para terminar

El éxito no es el enemigo. El peligro está en lo que dejamos que haga con nosotros. La fama pasa, los números bajan y las redes olvidan pronto. Lo que queda es la persona que fuimos mientras estuvimos arriba.

Que cuando la ola nos levante, la humildad nos mantenga con los pies en la tierra.

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