12 oct 2026 · @Giovanna Bonnelly
El botín que cambia de manos
Hay países donde ganar unas elecciones no significa asumir la responsabilidad de gobernar, sino tomar posesión de un tesoro. El Estado deja de ser la casa de todos y se convierte en botín de guerra: se reparte entre los vencedores, se exprime mientras dura el mandato y se entrega, vaciado, al siguiente grupo que llega con el mismo apetito.
Cambian los colores, los discursos y las caras. Lo que no cambia es la lógica: quien sube no llega a servir, llega a servirse.
Cómo se reparte el botín
El saqueo rara vez es un robo a cara descubierta. Funciona con mecanismos que, de tanto repetirse, parecen normales:
- La nómina como premio. Cada cambio de gobierno trae una ola de nombramientos para pagar lealtades de campaña. Se crean cargos sin funciones, se duplican direcciones y se despide a técnicos capaces para hacer espacio a los «compañeros».
- Los contratos como negocio. Obras, compras y servicios se adjudican a amigos, financistas o empresas de maletín. El sobreprecio no es un error: es la comisión.
- Los programas sociales como clientela. La ayuda al pobre se reparte con carnet en mano. El ciudadano no recibe un derecho, recibe un favor que debe agradecer en las urnas.
- Las instituciones como escudo. Fiscalías, cámaras de cuentas y tribunales se llenan de fieles para que nadie investigue. La impunidad cierra el círculo.
Así, el presupuesto público deja de responder a las necesidades del país y pasa a responder a las necesidades del partido.
Quién paga la cuenta
El botín no sale de la nada. Sale del impuesto que paga el vendedor de la esquina en cada compra, del empleado al que le descuentan del sueldo, del préstamo que pagarán nuestros hijos.
Cada peso desviado es una escuela sin techo, un hospital sin medicinas, un barrio sin agua, un apagón más. Mientras unos pocos estrenan yipetas y apartamentos, la mayoría aprende a vivir resolviendo por su cuenta lo que el Estado debería garantizar.
El daño más profundo, sin embargo, no es económico. Es la desconfianza. Cuando la gente cree que todos los políticos son iguales, deja de exigir. Y un pueblo que no exige es el mejor aliado de quien saquea.
Por qué se repite con cada gobierno
El ciclo sobrevive porque conviene a casi todos los que tienen poder para romperlo. El partido necesita repartir para mantener su maquinaria; el dirigente necesita repartir para no perder a su gente; el militante espera su turno porque «trabajó en la campaña».
La oposición denuncia el banquete, pero muchas veces no para acabarlo, sino para sentarse a la mesa. Por eso tantas promesas de cambio terminan igual: el que ayer gritaba contra la corrupción hoy la administra.
A eso se suma una justicia lenta y selectiva. Cuando robar sale más barato que gobernar bien, el incentivo está claro.
Romper el ciclo
No hay fórmula mágica, pero sí caminos conocidos:
- Carrera administrativa real. Que los cargos técnicos se ganen por concurso y no se pierdan con cada elección.
- Compras públicas abiertas. Licitaciones transparentes, publicadas en línea y auditables por cualquier ciudadano.
- Órganos de control independientes. Fiscales y auditores que no deban su puesto al partido que deben vigilar.
- Financiamiento político limpio. Saber quién paga las campañas para saber a quién se le debe.
- Ciudadanía vigilante. Prensa libre, sociedad civil activa y votantes que castiguen al que roba, sea del color que sea.
El Estado no es del partido que gana. Es de quienes lo pagan. Mientras lo sigamos viendo como botín, cada gobierno será apenas un nuevo turno en la fila para servirse. El día que lo veamos como patrimonio común, quien llegue tendrá que hacer lo que se espera de él: servir.
