El gozo que el corazón anhela


Una experiencia desde el silencio y la oración Estas palabras nacieron en el retiro de Ejercicios Espirituales,
donde el silencio abre paso a la voz que más importa. «Os he hablado para que participéis de mi gozo,
y vuestro gozo sea completo.» — Jn 15, 11

Custodiados por una Madre

En la cruz, Jesús señaló a María y le dijo a Juan —y a cada uno de nosotros— aquellas palabras que lo cambian todo: «Ahí tienes a tu madre». No fue un gesto sentimental. Fue su último legado, el fruto más hondo de su amor: confiarnos a ella y confiarnos a nosotros a ella. Desde ese momento, María nos cuida con la misma ternura con que acompañó a su Hijo.

En el silencio de los Ejercicios he sentido ese calor, ese cobijo. La presencia de Jesús habitando mi amor como una brasa que no se apaga. Y con ella, un deseo que no viene de mí: vivir a su modo. Poner el motor y el empeño —todo el empeño— en amar más, en amar mejor.

El amor no es un cuento de hadas

El amor del Evangelio no tiene nada de sencillo. No es la emoción tranquila de los relatos de hadas. Es jugarse la vida. Es saberse uno dueño de nada y, desde esa pobreza, darlo todo. Es una apuesta sin red.

Y sin embargo, es ahí —y solo ahí— donde se encuentra la verdadera alegría. No esa alegría superficial que depende de que las cosas salgan bien, sino algo más hondo, más resistente. Una alegría que convive con el dolor, con la inquietud, con la insatisfacción que recorre la existencia humana.

La trampa del vacío

Vivimos rodeados de objetos valiosos y prácticos. Corremos absorbidos por mil tareas y preocupaciones, olvidando lo más esencial: estamos hechos para la alegría. No para el entretenimiento ni para el éxito, sino para una alegría que tiene nombre propio.

Cuando falta el amor, cuando Dios queda fuera de nuestra vida, lo que queda es vacío. Y ese vacío se llena —siempre se llena— de dioses falsos que ocupan el trono del Padre pero no pueden darnos lo que el corazón busca de verdad. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, construir sistemas teológicos… pero sin amor no hay experiencia del Padre. Solo palabras.

«Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.»

— Mt 11, 28-30

La alegría de Jesús puede ser la nuestra

Lo que Jesús nos promete no es una vida sin dolor. Es algo más grande: poder compartir su alegría. La alegría de quien vive con una confianza limpia e incondicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con gratitud. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera —incluido el sufrimiento— es gracia.

Nuestra alegría es frágil, pequeña, siempre amenazada. La suya es plena. Y lo extraordinario del Evangelio es esto: que Él quiere dárnosla. No una versión disminuida, no un consuelo de segunda mano. Su gozo mismo. Completo.

Salí de los Ejercicios con una certeza nueva, más asentada en el cuerpo que en la cabeza: la vida entera es gracia. El amor es posible. Y Él —con María a nuestro lado— está dispuesto a enseñarnos cómo.

«Si no hay amor, no hay vida.
Si hay amor, todo es posible.» Escrito en el retiro · Ejercicios Espirituales

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