En el debate dominicano sobre el aborto, una de las causales más mencionadas —y más usadas para conmover a la opinión pública— es el embarazo adolescente. Se presenta como un hecho casi inevitable, una fatalidad social ante la cual la única respuesta razonable sería ampliar el acceso al aborto. Pero esa narrativa omite deliberadamente una pregunta previa y mucho más incómoda: ¿qué estamos haciendo, como sociedad, para que ese embarazo no ocurra en primer lugar?
El embarazo adolescente no es un rayo que cae del cielo
Quienes empujan la despenalización tratan el embarazo en menores como un dato fijo, una variable que hay que gestionar después de que ya sucedió. Pero ese embarazo es, en la gran mayoría de los casos, el resultado de decisiones, contextos familiares y, sobre todo, de una ausencia: la falta de una educación sexual seria, formativa y apegada a valores, que enseñe a los jóvenes a comprender su cuerpo, sus emociones y las consecuencias de sus actos antes de que lleguen a esa encrucijada.
Es revelador que ese vacío educativo casi nunca aparezca en el debate público. Se discute con urgencia qué hacer con el embarazo ya consumado, pero rara vez se pregunta con la misma urgencia por qué nuestras escuelas, familias e instituciones no están formando a los adolescentes para tomar decisiones responsables sobre su sexualidad antes de que el problema se presente.
La evidencia: el autocontrol se puede formar, y cambia vidas
Aquí conviene apoyarse en algo que la ciencia social ha documentado con solidez: la capacidad de autorregulación —de postergar la gratificación inmediata, gestionar impulsos y pensar en las consecuencias— desarrollada desde la primera infancia, predice de forma consistente los resultados de una persona en la vida adulta: su salud, su situación económica y su relación con la ley. Estudios longitudinales realizados en Nueva Zelanda y el Reino Unido, que siguieron a miles de personas durante décadas, muestran que este efecto se mantiene incluso después de descontar el nivel de inteligencia y el contexto socioeconómico de origen.
Lo más importante para este debate es un hallazgo específico: el embarazo adolescente y el consumo de sustancias funcionan, en estos estudios, como «trampas» de la adolescencia que median parcialmente el efecto del bajo autocontrol sobre los resultados futuros de una persona. Es decir, el embarazo en la adolescencia no aparece de la nada: está estadísticamente vinculado a un déficit de autorregulación que comienza a formarse —o a fallar en formarse— mucho antes, desde los primeros años de vida.
Y aquí está la noticia verdaderamente esperanzadora que el debate ignora: ese autocontrol es modificable. Los mismos estudios muestran que los niños que mejoran su capacidad de autorregulación a lo largo del tiempo logran, en consecuencia, mejores resultados en la adultez. No estamos ante un destino genético inevitable, sino ante una habilidad que la educación, la familia y las políticas públicas pueden cultivar con éxito.
El costo de mirar para otro lado
Si la evidencia muestra que invertir en la formación del autocontrol desde la infancia reduce los costos sociales en salud, economía y seguridad pública, ¿por qué seguimos discutiendo casi exclusivamente sobre cómo gestionar el embarazo adolescente una vez ocurrido, y casi nunca sobre cómo prevenirlo a través de una educación que forme el carácter, los valores y la capacidad de decisión de los jóvenes?
La respuesta es incómoda pero sencilla: prevenir exige inversión sostenida, paciencia y un compromiso real con la familia y la escuela como espacios formativos. Ampliar el aborto, en cambio, ofrece una solución inmediata y administrativa que no exige transformar nada de fondo. Es la diferencia entre sanar una causa y solamente tratar un síntoma.
Educar, no solo despenalizar
Una verdadera política pública a favor de las adolescentes y de la vida no puede limitarse a discutir causales penales. Debe incluir programas escolares y comunitarios de educación sexual integral basada en valores, que formen el autocontrol y la responsabilidad desde la primera infancia, que acompañen a las familias —especialmente a las más vulnerables— y que ofrezcan a cada adolescente herramientas reales para decidir sobre su vida antes de enfrentarse a un embarazo no buscado.
Mientras el debate dominicano siga centrado únicamente en qué hacer después del embarazo, seguiremos llegando tarde. La pregunta que de verdad merece ocupar el centro de la discusión pública es otra: ¿qué estamos haciendo, desde hoy, para que nuestros adolescentes no tengan que enfrentar esa decisión en soledad y sin preparación?
Artículo de opinión.
